Hoy en día, las Exposiciones Universales son un híbrido entre el parque de atracciones y la macroferia de turismo vacacional. Todo a gran escala, con llamativos alardes tecnológicos y alucinantes chaladuras arquitectónicas. Ya no se trata tanto de mostrar el potencial económico, técnico y artístico de un país como de atraer turistas que puedan dejarse el dinero en ese país. La Expo de Shanghai será un peldaño más en la ascensión que sacó a Bilbao del páramo posindustrial y la empuja hacia el paraíso de las ciudades modernas, habitables y convenientemente 'chics'.
A veces vemos a un extranjero consultando un mapa en nuestras calles y nos preguntamos cómo diablos ha llegado hasta allí. Quizá leyó algo sobre nosotros en una revista de su país, tal vez un amigo le habló bien del Guggenheim, quién sabe si no pudo comprar un billete para Roma y tuvo que improvisar en el mostrador del aeropuerto. La presencia de Bilbao en la Expo de Shanghai será una campaña de publicidad masiva y conseguirá atraer a más visitantes. Con ellos, además de dinero y extrañas pronunciaciones, llegará algo más importante: energía para alimentar el corazón de una ciudad audaz y emprendedora.
El proyecto elegido por la Expo se llama 'Bilbao Guggenheim ++', que es un nombre muy moderno: serviría para una boutique carísima en la que sólo vendiesen ropa negra y también para etiquetar un sofisticado vino de alta expresión. Gracias a ese proyecto, en la lejana Shanghai sabrán del paquebote de titanio y, por extensión, de una ciudad a la que le cuesta estarse quieta. Lo único malo de Shanghai es que uno nunca sabe dónde poner la hache.





