Tengo recortada una noticia de los años 50 que habla del suceso ocurrido en un cine de Murcia donde un espectador, en plena interacción mientras veía una película de vaqueros, se cayó desde un palco al patio de butacas. La noticia resultó incluso hilarante, porque no hubo heridos y todo se resolvió con una costalada.
Pero si nos remontamos en el pretérito unos tres cuartos de siglo, les puedo recordar mi experiencia personal interactiva, que los niños de antes de la guerra practicábamos en las sesiones infantiles del histórico y desaparecido Salón Vizcaya de San Francisco. Allí acudíamos cada domingo a las tres de la tarde, para ver las películas de vaqueros interpretadas por los más ilustres cowboys de la época, entre los que destacaba el famoso y archipopular Tom Mix.
Aquello sí que era interacción en grado superlativo, porque los espectadores infantiles, impulsados por la vehemencia de sus pocos años, tomaban parte en las más trepidantes escenas de la película. Sobre todo en las cabalgadas de Tom Mix, el «chico bueno» cuando perseguía con su caballo 'Malacara' al perverso y taimado «chico malo».
Tan viva y multitudinaria era la interacción público-película, que para evitar el desmantelamiento del local, los responsables tenían que suspender la proyección y encender las luces para que los acomodadores (que iban provistos de una larga vara) calmaran los ánimos del respetable sacudiendo estopa a diestro y siniestro.
Sólo de aquella forma se podía conseguir que cesara la interacción y se reanudara la película. Pero al volver de nuevo a la pantalla la persecución, se repetía la escena (como si fuese una jugada futbolística en la moviola) y de nuevo suspendían el espectáculo, encendían la luz y vuelta a repartir estopa hasta que la cabalgada tocaba a su fin.
Eso sí que era interacción. Lo de ahora no pasa de ser (como decía el poeta Jorge Manrique) verdura de las eras.





