Sin embargo, de lo dicho en la tribuna por uno y por otro se desprende la incomodidad con que encaran hoy por hoy esa disposición al acuerdo, formulada por dos interlocutores cuya evidente falta de sintonía va a obligar a sus portavoces parlamentarios a un esfuerzo añadido para tratar de restablecer la concordia. Porque, en el fondo, la obligatoriedad de buscar nuevos puntos de encuentro viene a suponer la asunción de los errores cometidos en la pasada legislatura y el modo de purgarlos. Y tanto Zapatero como Rajoy evidenciaron lo costoso que resulta interiorizar esos desaciertos. La vaguedad con la que el candidato socialista apeló a un consenso de toda la Cámara para procurar el final del terrorismo le sirvió para soslayar las consecuencias del fallido proceso de contactos con ETA, justo cuando los óptimos resultados obtenidos por el PSE en Euskadi ofrecen la tentación de reivindicarlo. Del mismo modo, y después de haberse referido a la España unida, Zapatero se resistió a desplazar a un segundo plano a los nacionalistas cuando Rajoy definió los pactos de Estado como aquellos que labran quienes pueden sucederse al frente del Gobierno. Pero también el líder del PP optó por refugiarse en su intervención inicial en un discurso que casó mal con su pretendido afán de renovación. Y, especialmente, con la evidencia de que es la voluntad de acuerdo lo único que puede distinguirle a él y a su equipo frente a quienes siguen pretendiendo desestabilizar el partido internamente.
Las zozobras de los populares, la debilidad que supone para CiU continuar en la oposición en Cataluña y el desconcierto del PNV tras el revés electoral han liberado a Zapatero de cualquier ansiedad en este arranque de legislatura. Puede esperar y ver cómo los demás resuelven sus problemas mientras afianza su gobierno en solitario. Pero más pronto que tarde tendrá que aclarar el alcance de su oferta de consenso al PP y cómo la conjuga con otros pactos puntuales, pero ineludibles, como los que precisará para aprobar los presupuestos.







