
VISTO PARA SENTENCIA
El proceso quedó visto para sentencia tras una maratoniana vista de casi seis horas que no tuvo recesos. La Fiscalía reclamó un castigo de tres años de prisión para R. R. R., el joven de 27 años que atropelló mortalmente con su furgoneta a los pequeños Aitor y Oihane (de 4 y 7 años) cuando cruzaban, junto a su padre y otra hermana mayor, un paso de peatones en la Avenida de Montevideo. El ministerio público consideró probado que el conductor no circulaba «atento» a las circunstancias del tráfico, lo hacía a una velocidad «inadecuada» y no tuvo la «diligencia exigida».
La acusación particular elevó la petición de pena a 4 años por un doble delito acumulativo de homicidio imprudente. El letrado precisó que la concurrencia de culpas con la Administración -a la que «la vía penal no ha permitido juzgar porque está vedada la imputación de sus representantes», se quejó-, no exime un ápice de responsabilidad al acusado. La defensa, por su parte, solicitó la libre absolución y aseguró que su cliente es «una víctima más» de la «confusa señalización de la vía».
El accidente, que tuvo lugar el 3 de enero de 2006, provocó una gran conmoción social y despertó una agria polémica por la demora institucional a la hora de reforzar la seguridad vial en el lugar. «Al menos se habían producido otros siete accidentes anteriores al enjuiciado en un corto periodo de tiempo», planteó la defensa. Poco después del suceso, se instalaron un semáforo, un badén para reducir la velocidad y diversas marcas viales, según reconoció ayer un agente de la Policía Municipal citado como testigo.
La vista comenzó con la declaración del acusado. R. R. R. aseguró que la muerte de Aitor y Oihane le sumió en una profunda depresión. «No he sido capaz de volver a enfrentarme al trabajo; estoy de baja y en tratamiento psicológico», comentó el repartidor con voz temblorosa y la cabeza agachada. Su abogado mostró una carta dirigida a la familia, pero no fue admitida como prueba. «La escribí porque necesitaba desahogarme y pedir perdón. La escribí porque necesitaba escribirla», reiteró.
El joven relató que el día de los hechos venía de reponer gasolina en su 'Citröen Berlingo' y que no conocía la zona. «Sólo había transitado por allí como peatón», testificó. A continuación, afirmó que vio a lo lejos el semáforo en verde -el luminoso estaba situado unos 25 metros por detrás del paso de cebra-, así como la señal vertical que advertía de su proximidad. Se mantuvo «en tercera velocidad y sin acelerar». Según su relato, no se percató de la presencia de los niños hasta que «estaban a un metro», porque había una furgoneta estacionada en el otro carril que obstaculizaba su visión. «Cruzaron corriendo», alegó en su defensa. R. R. R. precisó que, para cuando pudo frenar, ya se había producido el impacto.
Detrás de un biombo
El siguiente testigo fue el padre de los pequeños fallecidos. Eduardo declaró tras un biombo. De esta forma preservó su intimidad y evitó ver la cara del conductor que mató a sus pequeños. Pese a las circunstancias, se mostró sereno y respondió de forma clara y concisa, tratando de que su relato fuera útil. Soslayó hablar de sus sentimientos y trató de recordar lo sucedido de forma aséptica. Sólo le embargó la emoción cuando admitió que, en ocasiones, tiene pesadillas con el accidente. «En ellas no escucho ningún frenazo, por eso estoy seguro de que la furgoneta no frenó; eso dicen los expertos sobre los sueños», afirmó con entereza. «Ni vi el vehículo, noté que algo pasaba muy rápido. Incluso, minutos más tarde, llegué a preguntar si se había dado a la fuga», añadió.
Tras Eduardo intervinieron media docena de testigos del accidente. Todos dieron fe de que R. R. R. se saltó el paso de peatones y atropelló a los pequeños. La mayoría coincidió en que el suelo estaba mojado y en que la furgoneta circulaba «seguramente» a más de lo permitido -entre unos 50 y 60 kilómetros por hora, apreciaron-, pero sin ir a una velocidad «de locos». Fue uno de los pocos puntos de consenso, ya que los relatos aportaron diferentes versiones sobre la situación de la furgoneta que obstaculizaba la visión o de si alguien tocó un claxon para advertirles. Tampoco hubo unanimidad sobre si existía tráfico denso por delante.






