Los italianos estamos identificados aquí con una serie de imágenes ideales típicas y tradicionales, como la pizza, el 'calcio', la Mafia, el canto, el arte y algunas más recientes como Berlusconi y Ferrari. El conjunto de estos estereotipos dibuja para los españoles el perfil de un pueblo, el italiano, con rasgos simpáticos, pero nos hace aparecer ante sus ojos como traviesos, como gente de poco fiar.
No obstante, yo siempre he sido acogido de forma extraordinaria allá donde haya ido, da igual con quién me haya cruzado por el camino. Vivir en España nunca ha representado un problema, al contrario.
La facilidades de integración en la vida social de este país siempre han sido máximas, aunque con algunos episodios absurdos. Uno de ellos fue el interrogatorio que tuve que sufrir por parte de un juez para poderme casar con una ciudadana local. ¿Parecía el peor de los delincuentes!
En general la falta de conocimiento real de quiénes somos los italianos, el encasillamiento superficial que tenemos que soportar, nos pone en un limbo de no consideración que es más una facilidad que un impedimento para la convivencia. Así las cosas, sólo podemos sorprender positivamente a nuestro interlocutor. Al menos hasta que no se nos conoce más. Y es que no hay nada mejor que no ser considerados como competidores para poder triunfar.
Por cierto, no hay nata en la 'pasta alla carbonara' ni ningún italiano ha nunca pronunciado el mítico saludo mañanero.
¿Buonanotte! Dormid tranquilos.







