
Pero desde que en las calles londinenses zaranderaron a manifestantes, relevistas y hasta al propio Coe la curiosidad se ha hecho insaciable. Y quien pregunta encuentra respuesta, aunque sea falsa. «Son auxiliares de la antorcha. Voluntarios que la protegen», dijo Zhao Shangsen, portavoz de la Embajada de Pekín, quien añadió que responden al nombre oficial de 'Unidad de Protección de la Antorcha de los 29 Juegos Olímpicos'. Demasiado largo para ser creíble. Y cuando algo parece increíble normalmente suele ser mentira.
Y toda mentira tiene detrás una verdad oculta. La descubrió la prensa británica a poco que investigó. Los fornidos y jóvenes hombres de azul realmente son paramilitares. Su apariencia castrense les traiciona para descubrir en ellos miembros de élite de la Policía Armada del Pueblo, algo parecido a la Guardia Civil, pero todos con ojos rasgados.
Atletas uniformados
Los miembros del equipo de protección de la antorcha fueron seleccionados en el seno de los cuerpos especiales de las fuerzas de seguridad interna del régimen comunista. Los requisitos de la convocatoria, en principio, parecían asequibles para muchos en un país con cerca de 1.300 millones de habitantes: «ser altos, bien parecidos, poderosos y en buen estado físico». Pero el proceso de selección exigió que ese «buen estado físico» se tradujera en una preparación casi a la altura de los atletas que competirán en Pekín. Sus entrenamientos consistieron en correr diez kilómetros diarios en terreno montañoso y en toda clase de prácticas en artes marciales, manejo de armas ligeras o combate cuerpo a cuerpo, según se puede descubrir en sinodefense.com, un portal de Internet especializado en asuntos chinos.
Los elegidos mostraron sobradas habilidades en todos estos campos. Algo peor, según demostraron en Londres, les fue en las materias de protocolo, a pesar de que fueron aleccionados de nociones básicas de inglés, francés, alemán, español y japonés. Según denuncian algunos zarandeados, su vocabulario se limita a «quítate, estorbas, retrocede, acelera, frena» y algunas onomatopeyas malsonantes en cualquier idioma.
Lo pudo comprobar Yolaine de la Bigne, una periodista medioambientalista que fue portadora de la llama en París y que tuvo la mala idea de pegar una pequeña bandera tibetana a la antorcha. «Se me abalanzaron encima y me sacaron a empujones».









