
La pregunta del día era: ¿Dónde está la antorcha? Se lo preguntaban atónitos los presentadores de televisión que seguían en directo la ceremonia, buscándola desde los helicópteros en tomas aéreas, pero sobre todo los manifestantes que querían boicotearla.
Organizaciones como Free Tibet actualizaban en su web los continuos cambios de ruta y mandaban alertas a los móviles de sus seguidores. Ahora en la avenida Van Ness, ahora en la calle Bay, ahora en el boulevard Marina. «Cancelada la ceremonia de clausura en la plaza Justin Herman. ¿Podéis llegar al puente del Golden Gate?», preguntaba uno de los mensajes.
Había que tener el don de la ubicuidad para seguir el recorrido, que aparecía y desaparecía como el Guadiana. Del Embarcadero de McCovey Cove, donde vio la luz, la sacaron en secreto a bordo de un autobús escondido en un almacén, como se descubrió cuando el periódico 'San Francisco Chronicle' informó que se encontraba en Doyle Drive.
A los atletas que la portaban les habían retirado los móviles para que no pudieran contárselo a nadie. Al menos tres de ellos se rajaron poco antes de comenzar. Quienes siguieron con la misión fueron insultados por las calles. «¿Vergüenza debería darle a China! ¿Cómo puedes representar a un Gobierno así?», gritaba un defensor de Tíbet.
Los manifestantes no eran los únicos decepcionados. Miles de personas habían cogido sitio en las calles desde temprano sólo para contemplar el paseo de la antorcha. Cuando la Policía retiró las vallas quedó claro que su espera había sido en vano.
El Ayuntamiento había preparado incluso un ferry para transportarla por mar si las manifestaciones bloqueaban las calles, pero hasta en el agua había barcas de remos y yates con pancartas de protesta para aguar el paseo.
Alcalde presionado
Policías en calzones, en bicicleta, en moto, a caballo... Los descansos habían sido suspendidos y todos los agentes se encontraban en alerta para defender la llama, lo que sirvió para que muchos ciudadanos se revolvieran contra el alcalde. «Gavin Newsom gobierna San Francisco como el primer ministro chino, con mentiras, secretos, engaños, falta de información, manipulación popular...», dijo indignado al diario local Aaron Peskin, presidente del Consejo de Supervisores. «Todo esto lo ha hecho para que China pueda presumir de que ha paseado la antorcha olímpica por el mundo».
Para los activistas de derechos humanos era un borrón en el expediente del joven alcalde que ganó las elecciones con 36 años y que ha liderado políticas osadas como otorgar licencias de matrimonio a los homosexuales o prohibir las bolsas de plástico.
Esta vez Newsom estuvo bajo intensa presión del Gobierno federal, que veía peligrar sus relaciones con Pekín, y recibió visitas personales del presidente del Comité Olímpico y del embajador chino, entre otros.
La independencia de Tíbet también despertó el nacionalismo de muchos chinos que residen en San Francisco, donde un tercio de la población es de origen asiático. Hombres de negocios e hijos de Chinatown veían con rencor demasiadas celebridades -Richard Gere y Desmond Tutu- al frente de las protestas integradas mayoritariamente por jóvenes blancos, a los que acusaban de haberles robado la oportunidad de sentirse orgullosos de su país.
«Es el Gobierno chino el que está aprovechando la antorcha olímpica para legitimar su política», replicó Nancy Pelosi, congresista demócrata por ese distrito que, junto con Hillary Clinton, pide que el presidente George W. Bush boicotee la ceremonia inaugural en Pekín. Bush se mantiene firme en su decisión de asistir, pero ayer pidió a China que dialogue con el Dalai Lama. Por contra, Londres anunció que el primer ministro, Gordon Brown, no acudirá.
Al cierre de esta edición, la antorcha seguía en paradero desconocido, probablemente rumbo a Buenos Aires.









