Los vecinos de Basurto llevaban años denunciando la peligrosidad de esa vía de entrada a Bilbao y exigiendo la colocación de semáforos. Sus demandas se perdieron en laberintos de burocracia y desidia y nunca habríamos sabido de ellas si no hubiese ocurrido el atropello. Unos días después del accidente, en la Avenida Montevideo aparecieron los semáforos. Era demasiado tarde y nadie se alegró: tenían aspecto de cipreses metálicos.
El Juzgado de lo Penal número 5 de Bilbao condenó ayer al conductor de la furgoneta a una multa económica y a un año de retirada de carnet. El juez le considera culpable de dos faltas de imprudencia leve con resultado de muerte. La sentencia establece que el acusado circulaba a una velocidad «ligeramente superior a la máxima permitida» y que su negligencia no puede reputarse como falta grave.
Tras la muerte de los niños, todas las miradas se volvieron hacia las autoridades. Durante años, las quejas de los vecinos habían quedado estancadas en una zona nebulosa de la Administración, una especie de Triángulo de las Bermudas formado por el Ayuntamiento, la Diputación y Bilbao Ría 2000. La sentencia dictada ayer hace una breve referencia al retraso con que se actuó tras recibir las denuncias de los residentes en la zona.
Se cierra el capítulo judicial de una tragedia que probablemente debería haber tenido repercusiones políticas, más allá de las justificaciones y las disculpas. Nadie puede evitar que el infortunio nos visite, pero conviene al menos ponérselo un poco más difícil. Los nombres de Oihane y Aitor continúan grabados en la silenciosa memoria sentimental de la ciudad.





