Sensibilizados por los acontecimientos, muchos incorporaban esta semana a dicha estadística las ya idiosincráticas obras de nuestra ciudad, que perduran en el tiempo sin aparente avance y con ocasionales incidentes.
Quienes empiezan a plantearse la suspensión voluntaria de su productividad son los bomberos, que con su encierro en Aguirrelanda buscan mejoras laborales, habida cuenta de que, atendiendo al tópico y a algún que otro calendario, las físicas están cubiertas.
Los constructores a su vez parecen empeñados en conservar la productividad de su negocio solicitando incrementos en el precio de la vivienda protegida, ante la evidente desprotección del usuario.
Y mientras los felices padres de criaturas nacidas o adoptadas durante el pasado año se aferran siquiera a la productividad de sus cheques bebé, otros sueñan con hacer saltar la banca en la próxima declaración de la renta.
Ni siquiera el abandono de este valle de lágrimas vía autopista hacia el cielo está libre de peaje: en los últimos diez años los funerales han alcanzado el módico precio medio de 2.000 euros.
Porque cada maestrillo tiene su librillo, también en lo que se refiere a la cartilla.









