«Cuando venía y veía casi todo cerrado me deprimía mucho más. Íbamos a las oficinas a alguna reunión y verlo vacío, casi en ruinas, era lo peor, señala el eibarrés, ya restablecido de la impresión inicial. «Cuando lo vi derruido me dio congoja, pero luego al verlo todo nuevo, ¿menuda diferencia!».
En su peregrinar por la Península a menudo se encontraba con alguien que «sabía de Eibar a través de Alfa», todo un «emblema» del municipio armero. «Recuerdo muchísimas cosas que me han pasado a colación de ello, la gran mayoría para bien».





