'El sentido de la vida' es pretenciosa y excesiva desde su mismo título: ahí es nada interrogarse sobre por qué estamos en este mundo. Como todos los largometrajes de episodios, se muestra irregular y descompensado. Casi supone un paso atrás tras la redonda 'La vida de Brian', que hilaba 'gags' en una historia con planteamiento, nudo y desenlace. Sin embargo, la potencia visual de 'El sentido de la vida' y su humor bestia permanecen tan vigentes como en su estreno.
Sólo a los Python podría ocurrírseles hablar de la fecundidad de las clases bajas católicas en formato musical. O burlarse de la rigidez del sistema educativo británico con una flemática clase de sexo. O parodiar el cine de Bergman dándole un nuevo significado a la Señora de la Guadaña. O exhibir una modalidad de donante de órganos vivo. O reírse de la exquisitez culinaria y de la sobrealimentación con la escena más escatológica e hilarante del cine moderno: el pantagruélico banquete del señor Creosota, que devora exquisiteces hasta reventar. Literalmente.
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