El Museo de la Minería fue creciendo de abajo arriba, gracias al tesón de sus fundadores, que comenzaron recogiendo tornillos, tenazas, barrenas, taladros Reconstruyeron vagonetas, viejas máquinas Y dieron la lata en las instituciones. Ahora recaban apoyos otra vez, para evitar que la Concha desaparezca por el expeditivo método de rellenarla con millones de toneladas de tierras diversas. Se diría que los montes de Triano y Matamoros no fueran a descansar nunca, perpetuamente removidos con rastrillos manejados por ciegos gigantes.
Los pueblos, las ciudades, las civilizaciones se van superponiendo, unos sobre otros, como palimpsestos, a veces aleatorios. Quedan algunos cerros testigos, en ocasiones por puro azar, pero también porque eran más pintorescos o estaban mejor construidos. La arqueología no pretende conservar todo cuanto fue, sino los elementos necesarios para explicar cada época, así como los verdaderamente singulares aun para las miradas menos sensibles. No se pueden conservar todos los altos hornos, todas las minas, los astilleros, crear una especie de nostálgico Pasadoscope. Sería como almacenar cachivaches en un trastero que pronto se volvería impracticable. Hay que elegir, como hacemos con nuestros modestos pertrechos, pero yo no echaría una sola carretillada de tierra sobre las hondas espirales de la mina Concha.





