
Socialistas y nacionalistas
Conscientes de que la Monarquía estaba tocada, las fuerzas políticas republicanas tomaron posiciones. Una de las figuras que más influyó en este proceso fue Indalecio Prieto, para quien la rapidez en la toma de decisiones y en la formación de alianzas era algo fundamental. Tenía muy claro que los socialistas debían pasar a la acción y sacudirse la vergonzosa culpa colaboracionista durante los años de la Dictadura de Primo de Rivera. Convencido de un más que posible triunfo, Prieto puso en marcha el Bloque Republicano-Socialista en el País Vasco. Este debía de ser el primer paso de una gran alianza a nivel nacional. Incluso llegó a plantear a los nacionalistas vascos su inclusión en el Bloque aunque, finalmente, la negativa de estos fue tajante. Como dijo Manuel de Irujo, durante esos días «socialistas y nacionalistas eran como el diablo y el agua bendita; no se podían ver».
Con un rey incapaz y un bloque monárquico inoperante, los republicanos tenían muy claro que por primera vez se podía cambiar el rumbo de España. Todo parecía dispuesto. En agosto de 1930 tuvo lugar uno de los hechos decisivos en aquel camino de cambio: el Pacto de San Sebastián. Bajo la presidencia del donostiarra Fernando Sasiain, representantes de todas las fuerzas republicanas se dieron cita en la capital guipuzcoana para diseñar las líneas maestras a seguir de cara a instaurar un nuevo régimen en España. Los grandes ausentes de aquella reunión fueron los nacionalistas vascos. Sin ellos, fueron Fernando Sasiain e Indalecio Prieto los que abogaron por que, una vez instaurado el estado republicano, se contemplase la posibilidad de dar la autonomía al País Vasco. El siguiente paso fue la convocatoria de una huelga general revolucionaria en diciembre de 1930, en la que Indalecio Prieto tuvo gran protagonismo. Sin embargo, la huelga, pese al enorme seguimiento en Vizcaya, fracasó. Tanto la derecha como el PNV condenaron tajantemente el movimiento revolucionario.
En una salida a la desesperada, el Gobierno convocó elecciones municipales para el 12 de abril de 1931. Desde el principio, aquella llamada a las urnas se consideró mucho más que una mera consulta para elegir poderes locales. El miedo era patente entre las filas monárquicas. En plena campaña electoral, los principales periódicos bilbaínos se hicieron eco de las recomendaciones del obispo Mateo Múgica que recordaba a todos los católicos cuáles habían de ser sus opciones políticas más acordes a los preceptos de la Iglesia.
Bandera tricolor
No obstante, a pesar del trabajo realizado por los integristas y los conservadores, las candidaturas republicanas fueron las más votadas en las principales ciudades. De ese modo, la creencia de que los resultados en las grandes urbes no estaba amañado, al contrario de lo que ocurrió en las zonas rurales donde se impusieron las opciones conservadoras, hizo que el resultado de las elecciones fuera tomado como un plebiscito para la Monarquía. En Euskadi, la conjunción republicano-socialista obtuvo una holgada victoria al hacerse con 135 de los 210 ayuntamientos. Por su parte, los nacionalistas se hicieron con el control de muchos pequeños y medianos municipios. Los grandes derrotados fueron los monárquicos.
En Bilbao la expectación era enorme. El 14 de abril llegaron noticias de que ese mismo día, a las siete de la mañana, se había izado la bandera republicana en el Consistorio de Eibar. La gente salió a las calles. A medida que transcurría la jornada eran muchas las ciudades en las que se proclamaba el nuevo régimen. Junto a esto, las noticias, confusas al principio, sobre la más que posible marcha del rey, desataron una euforia indescriptible. Bilbao se llenó de gente que daba vivas a la República y lucía la bandera tricolor.
A las siete y media de la tarde, la enseña republicana fue izada en el Ayuntamiento de Bilbao. El recién elegido alcalde, Ernesto Ercoreca, prometió sustituir todos los símbolos monárquicos por los republicanos. La ciudad entera era una fiesta que se prolongó toda la noche. Según el historiador Díaz Freire, un grupo de jóvenes organizó una original procesión en la que, con velas encendidas, simularon el entierro de 'Gutiérrez', un muñeco que simbolizaba la Monarquía.
Al día siguiente, la Prensa se hizo eco de los acontecimientos. El Liberal, saludaba a sus lectores con un inapelable «¿Viva la República!». Para La Gaceta del Norte, monárquico, la noticia era la marcha del rey. Y el nacionalista Euzkadi, presentó en primera página un esperanzador grito de «Gora Euzkadi Askatuta», con el que dejaba muy claras las aspiraciones autonomistas del PNV. Es más, los nacionalistas, resignados ya al nuevo tiempo organizaron una gran manifestación el 15 de abril, que recorrió la Villa hasta llegar al Palacio foral en el que izaron la ikurriña. Y es que aquel 14 de abril de 1931 todos tuvieron la sensación de que, por vez primera, algo había cambiado de verdad. Al menos la libertad podía palparse y hasta respirarse por las calles.





