Optimistas natos, supusimos que los suecos The Poodles nos convencerían, pero superaron nuestras previsiones y molaron mazo. Barrieron a los teloneros (que les hacían la pelota y les sirvieron de secundarios en algún chiste escénico), sonaron estupendamente (eran cuatro; los primeros, cinco), gastaban mejores pintas (taleguilla de clavos sobre el paquete el cantante, torsos desnudos, modelitos enlutados con cruces, un bombín XXL o un traje rayado a la moda 'La naranja mecánica'; «estos compran la ropa en tiendas especializadas, ¿verdad?», observó el Diablo, que se bajó desde Reinosa para pasar por el EuskalSex a echar unas risas).
Los Poodles dieron un bolo exultante, glamouroso y desacomplejado. Los tíos podrían venir de Los Ángeles en vez de Escandinavia, la peña les coreó ('Thunderball') y el rock vibró igual que el de estrellas yanquis del calibre de Bon Jovi, Guns N' Roses, Mötley Crüe o Buckcherry, y en el bis se desmetalizaron mediante rock vía Neneh Cherry, AOR ('Shine') y adiós con 'Dancing With Tears In My Eyes' de... ¿Ultravox!





