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El efecto Bilbao

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El arquitecto y paisajista Peter Latz convierte zonas industriales en parques. Ahora bien, Peter Latz no es partidario de arrasar el paisaje, tampoco el paisaje industrial, así que lo incorpora. Viejas fábricas llenas de vegetación... un escenario fantástico como la realidad que cuenta cosas sobre el ser humano y el tiempo. Latz quiere seguir viendo las capas del paisaje, que corresponden a diversos estratos de actividad económica. Me pregunto si en Bilbao, en todo el Gran Bilbao, donde se dice que estamos 'recuperando' espacios, hacemos algo que no sea arrasar otra vez el paisaje, minar la memoria colectiva, desconectarnos del pasado, eliminar las formas y los signos que nos podrían ayudar a entender el mundo al que pertenecemos. Digo otra vez porque tenemos una gran tradición destructora. La industrialización arrasó el paisaje agrícola y ahora el 'efecto Bilbao' está acabando con el paisaje industrial, apoyado estratégicamente por lo que podríamos llamar 'efecto Barakaldo', donde sigue la metódica destrucción de toda forma anterior, industrial, natural o agrícola, con equipamientos estilo bunker (centros comerciales o viviendas) en la Vega de Ansio y alrededores (el BEC no es lo peor). En todo caso, las eufóricas 'recuperaciones' parecen hacerse desde un desinterés por el entorno y la historia que apenas se detiene ante algunos símbolos. El 'efecto Bilbao' lo define William J. R. Curtis, autor de 'La arquitectura moderna desde 1900', de la siguiente manera: «Los alcaldes están ahora sometidos a la ilusión ingenua de que sus ciudades sólo tienen que construir grandes proyectos de manos de arquitectos estrella para garantizar el 'prestigio'. Lamentablemente, en lugar de producir edificios funcionales, sólidos y bellos, varios miembros del 'star system' (...) generan diseños arbitrarios y ostentosos sin sustancia perdurable». Así pues, Bilbao ha dado nombre a un síndrome que es fruto de rendirse a una arquitectura «ostentosa y sin sustancia». Si se me permite otra cita (qué remedio, dirá el lector que ha llegado hasta aquí), con ella volvemos a Latz: «En España, las ciudades tienen densidades de locura». Bilbao tiene una gran vocación española. No sería posible conservar todo el viejo entramado (herencia envenenada), pero no sólo conservamos poco, sino que estamos perdiendo la ocasión de hacer otra ciudad que no sea la que nos impone esta ansiedad constructora-destructora emparentada con los años 70. El parque de Bilbao no ha crecido como para soportar la sombra de las torres de Pelli (y otras sombras de Abandoibarra). El plan destructor del canal de Deusto para edificar, edificar y edificar, sencillamente da miedo. Y por cierto, saber que Donostia ha derribado la Casa Sobrino, considerada un tesoro de la arquitectura contemporánea, tampoco anima mucho.
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