Al comienzo, las fluctuaciones motoras son predecibles y el paciente puede más o menos convivir con ellas. Sabe aproximadamente durante cuánto tiempo se va a prolongar el efecto de la medicación (entre 3 y 4 horas). Pero conforme pasa el tiempo, van agravándose ya que el período de beneficio de cada pastilla es menor. La respuesta comienza a acortarse hasta que el paciente percibe que el beneficio dura muy poco (una hora). Además, en ese tiempo comienzan a aparecer movimientos que el paciente no puede controlar.
Así, la persona afectada empieza a oscilar entre una situación de escaso período de beneficio proporcionado por la medicación, en ocasiones acompañado de movimientos involuntarios incapacitantes, y excesivo tiempo en el que se siente mal, sin el efecto de la medicación. Comienza entonces a tomar pastillas con mayor frecuencia, incluso cada dos horas, y ello deriva en un caos, ya que el cerebro no está preparado para recibir ese aporte ingente de dopamina externa, de forma que deja de responder adecuadamente a la medicación.
A partir de entonces, las fluctuaciones motoras comienzan a aparecer imprevisiblemente. El paciente ya no sabe qué pastilla le va a hacer efecto y cuál no. Pasa muchas horas al día en las que se encuentra torpe o le vuelven los temblores. Se produce entonces una situación muy compleja. A veces una dosis no surte efecto, mientras que otras provocan un efecto multiplicado.







