Por eso, cuando las cosas se complican tanto hay que recordar las ideas más sencillas. La principal de todas ellas es que Iberdrola ha estado, y está, muy bien gestionada como lo demuestra con nitidez la evolución de las variables claves. Ha aumentado su tamaño de manera sustancial; ha ampliado su ámbito operativo y geográfico; ha alcanzado posiciones muy relevantes en las energías renovables; ha gestionado con maestría el intrincado bosque de la regulación energética española y los beneficios obtenidos han sido considerables. Basta mirar la curva de su cotización en Bolsa para convenir que este diagnóstico es generalmente compartido.
Por supuesto, eso no quiere decir que haya agotado su potencial de mejora, ni que todo lo hecho hasta aquí sea irreversible. Pero sí que cualquier alternativa ha de ser planteada con cuidado, realizada con esmero y explicada con paciencia. Toda situación, por buena que sea, es mejorable y la situación de Iberdrola lo es. Lo que no se puede consentir son los planteamientos que anteponen los intereses particulares, por legítimos que sean, a los generales. La Responsabilidad Social Corporativa está de moda. Ocupa mucho tiempo en los discursos de las Juntas Generales y gran espacio en las memorias. Como afecta por igual al todo y a las partes, ahora tenemos sobre la mesa un magnífico caso para aplicarla.





