Una extraña forma de entender la política, en definitiva, cuya desaparición en la gestión del Museo Guggenheim sólo ha sido reciente, una vez que se asumió la necesidad de contar con auditoría externa en la Inmobiliaria y la Tenedora, tras la pérdida contable de seis millones de euros en la adquisición de divisas para la compra de obras de arte. Pero, ¿significa esto que esa auditoría habría eliminado completamente el riesgo del desfalco? Pues no del todo, aunque por lo menos la estética hubiera sido ahora más llevadera si antes se hubiesen adoptado decisiones correctas. Además, viendo ahora también que las apropiaciones delictivas y los falseamientos contables se realizaron desde el año 1998, casi es mejor olvidarse de la firme oposición política durante muchos años al deber público de transparencia.
Algo verdaderamente triste, en fin, porque de todo este asunto salen perjudicadas dos partes fundamentales. La primera un museo que también cuenta con gestores capaces, a los que se debe buena parte del éxito social, económico y cultural de una institución convertida en elemento vertebrador de la ciudadanía. Y la segunda, una sociedad que no tiene por qué soportar el descrédito de una institución sobre la que ha pesado una extraña forma política de entender el manejo del presupuesto público.







