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«¿Cuándo viene Bruno?»
Una terapia con tres perros boxer obtiene resultados en ancianos con problemas de demencia y aislamiento en la residencia Los Jazmines de Haro
17.04.08 -

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«¿Cuándo viene Bruno?»
BRUNO. El boxer es una raza muy sociable. / FOTOS: R. SOLANO
A medida que los residentes cruzan la puerta, Bruno les va dando la bienvenida. Se acerca, les saluda y les acompaña hasta alguno de los asientos dispuestos en círculo en la sala de conferencias. Su carácter sociable le ha valido el aprecio de todos los usuarios de la Residencia Los Jazmines de Haro. Les visita dos veces a la semana, junto a sus compañeros Curro y Hanna. Los tres son perros.

El centro residencial desarrolla desde hace un año una terapia para ancianos con distintos grados de demencia basada en la interacción con boxer, que coordina el alfareño Santiago Bretón Moreno. Independientemente de los resultados médicos, sólo hay que observar las caras de ilusión de los pacientes cuando ven a los animales para darse cuenta de que el tratamiento da sus frutos.

Dos grupos abiertos

La terapeuta ocupacional, Esther Pérez, y la psicóloga, Mari Mar Gil, han sido las encargadas de analizar las necesidades de los usuarios para poder diseñar las terapias. Éstas se desarrollan en dos grupos, divididos en función del grado de deterioro cognitivo y físico menor o mayor que sufren los ancianos, aunque los integrantes han ido variando a lo largo de este tiempo.

No obstante, Pérez indica que «nosotros no obligamos a asistir a nadie, son ellos los que quieren acudir, y sólo una señora no quiso venir más porque le daban miedo los perros».

En el plano físico, la terapia con los animales redunda en las articulaciones y en el sentido del tacto. «El simple gesto de tocar a los perros es algo destacado en personas que apenas tienen movilidad», argumenta.

Tal y como explica Bretón, «la terapia consiste en hacer ejercicios, por ejemplo, con la pelota. Los ancianos tiran la pelota más fuerte, no porque alguien se lo mande, sino porque no quieren que el perro la coja». Es decir, en estos casos, «el perro es el motivador», apunta.

Pérez había oído hablar de terapias con perros, pero reconoce que «nunca lo había visto en la práctica hasta ahora». En este año, ha podido observar los beneficios del trabajo con la fuerza física de los pacientes. «Utilizan un objeto de goma que el perro coge por un lado y el anciano por otro; según la cantidad de fuerza que hay de un lado el perro sabe qué cantidad de fuerza tiene que ejercer en el sentido contrario», destaca la terapeuta.

«Más expresión»

Las profesionales de la residencia también han observado beneficios en el aspecto cognitivo, ya que «vemos que personas con un déficit más grave tienen otra forma de expresarse cuando están con los perros, se les nota hasta en la mirada», asegura Gil. Como anécdota, recuerda que el primer día de la terapia, «una persona que ya no conserva el lenguaje, cuando vio que Bruno le ponía la pata encima, dijo claramente 'quita chucho'».

Con los ejercicios, además, los pacientes trabajan las relaciones, ya no sólo con los perros, sino también con el resto de sus compañeros de residencia.

Durante la hora y media que dura la terapia, y al mismo tiempo que realizan juegos con la pelota u otros instrumentos, Bretón intenta que los ancianos repitan los nombres de todos y el de los perros, hasta que finalmente consiguen recordarlos. Tanto es así, que «ahora preguntan muchísimas veces que cuándo va a venir Bruno», dice Gil satisfecha.
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