Ocurre que los milagros son escasos, breves y poco contagiosos. Ayer el Partido Popular, Ezker Batua y Aralar presentaron en las Juntas Generales una proposición para que la A-8 fuese gratuita en toda Vizcaya. Es una vieja aspiración ciudadana, para la que cada cierto tiempo se piden firmas y apoyos. La diferencia es que ahora se ha comprobado que las barreras no son inamovibles. Goliat se tambalea y más de uno piensa que la supresión del peaje de Usansolo ha de ser por fuerza el principio del fin del canon de la A-8.
Pero no nos exaltemos. Como es lógico, las Juntas rechazaron la proposición con toda la rotundidad de la que fueron capaces. Una de las funciones del poder político es moderar nuestro optimismo y recordarnos que el mundo es un lugar en el que le cobran a uno por todo. Aún así, se advirtieron movimientos reseñables. EA, que hasta ahora se había mantenido favorable al peaje, cambió el sentido de su voto. Incluso el PSE, que es quien junto al PNV tiene la sartén de las Juntas por el mango, propuso que los usuarios habituales de la autopista disfruten de alguna clase de descuento, como ocurre en el lado guipuzcoano.
Viene a ser una tradición repetir que el trayecto de la A-8 que va desde Bilbao a San Sebastián es una de las autopistas más caras de Europa. Ignoramos hasta qué punto eso es cierto, pero estamos en condiciones de asegurar que la A-8 es una autopista llena de curvas, baches y obras perpetuas en la que uno puede vivir con facilidad la extraordinaria experiencia de quedarse atascado previo pago. Suena bastante absurdo, pero quizá se trate de algunas de esas peculiaridades atávicas que, al parecer, nos distinguen como pueblo.





