Sin duda alguna, el problema actual de Iberdrola no está ahí, en su presente, donde todos son éxitos y parabienes. El problema radica en la fisura abierta en su capital, ante la incapacidad de encontrar un interés estratégico común con su principal accionista, que provoca una inestabilidad peligrosa. ACS se fue fuera a buscar los apoyos que no encontraba dentro y eso destapó la caja de los truenos. Parar a EDF no es tan difícil pues, a pesar de su enorme tamaño y de su gran influencia política, su carácter de empresa pública le convierte en un acompañante incómodo para todos, incluyendo en ese todos al propio Gobierno.
Por eso, ahora se baraja una fórmula de desarrollo más complejo, pero de resultados, esperemos, más estables. Mientras se concreta, las incógnitas del futuro empañan los resultados del presente. Iberdrola ha demostrado que puede caminar sola, pero el mercado confirma cada día que nadie está a salvo de ataques. Igual que 'varios' agentes implicados en la primera operación le exigen a EDF que aclare sus planes y no esparza las sombras de la inquietud, podemos exigir a 'todos' los agentes concernidos en la segunda que aceleren sus planes y despejen el panorama. Por el bien de todos y, en especial, por el bien de Iberdrola. Ninguna empresa puede estar permanentemente sometida a tal nivel de estrés corporativo.





