
El encuentro no se había incluido en el programa del viaje del Pontífice a EE UU, que se inició el martes y concluye este domingo. Sin embargo, las familias de los agredidos habían solicitado con insistencia ser recibidos por el Santo Padre. La cita se llevó finalmente a cabo ayer en la capilla de la nunciatura de Washington, donde ha fijado Ratzinger su residencia durante su estancia en el país. Según el comunicado, un «pequeño grupo» de víctimas llegó sobre las 16.15 horas -22.15, según el horario peninsular español- y estuvo acompañado por Sean O'Malley, arzobispo de Boston, una de las ciudades más afectadas por el escándalo pedófilo.
Benedicto XVI ya empezó su visita admitiendo lo avergonzado que se sentía con la conducta de tantos sacerdotes abusadores de niños -5.000, según un cálculo conservador de la Conferencia Episcopal-. El miércoles recriminó a los obispos haber «manejado mal» el problema, que fue encubierto por la Iglesia trasladando a los pederastas a diferentes diócesis ajenas a su pasado en las que pudieron repetir impunemente los abusos.
Ayer retomó el asunto para que no quedase duda de su determinación: «Reconozco el dolor que ha sufrido la Iglesia en Estados Unidos como consecuencia del abuso sexual de menores. Ninguna palabra mía podría describir el dolor y el daño producido por dichos abusos». Su receta, «ayudar a los que han sido dañados» y «hacer cuanto sea posible para promover la recuperación y la reconciliación».
El Papa está demostrando mano firme a la hora de abordar los temas conflictivos. Primero, los abusos sexuales. Luego, la guerra de Irak. Y ayer, también la inmigración. Uno a uno, el Papa ha ido tocando todos los temas espinosos del horizonte estadounidense -salvo la pena de muerte-. En su primera misa multitudinaria, celebrada en el estadio de béisbol de los Nationals ante más de 45.000 personas que empezaron a llegar a las 5 de la madrugada, Benedicto XVI pidió a EE UU que acepte la diversidad de los inmigrantes de acuerdo a su tradición.
El catolicismo no es la fe predominante en el país, pero gracias al flujo de inmigrantes que cruza la frontera del río Bravo en busca del sueño americano se ha convertido en el tercero con más católicos del mundo, después de Brasil y México. Por eso, Benedicto XVI calificó el crecimiento de la Iglesia en EE UU «como el capítulo más grande de la expansión después de la venida del Espíritu Santo en Pentecostés». Tras recordar la creación de la primera diócesis en Baltimore, el Pontífice aseguró que «doscientos años después, la Iglesia en EE UU tiene buenos motivos para alabar la capacidad de las generaciones pasadas en aglutinar grupos de inmigrantes muy diferentes».
El Papa ya habló de la situación de los inmigrantes al llegar a Washington, en la conversación que mantuvo con el presidente, George W. Bush, el miércoles en la Casa Blanca. El máximo representante de la cristiandad expresó a su interlocutor su preocupación por la ruptura de las familias que son separadas cuando uno de los progenitores es expulsado del país, dejando atrás a los hijos nacidos en EE UU.
Ayer le tocó el turno del rapapolvo a los católicos que están inspirando la hostilidad hacia los inmigrantes ilegales, particularmente en las zonas industriales más depauperadas, en un momento de recesión económica en el que es fácil echarle la culpa a los inmigrantes por los empleos perdidos.
«Percibimos signos evidentes de un quebrantamiento preocupante de los fundamentos mismos de la sociedad: signos de alienación, ira y contraposición en muchos contemporáneos nuestros. Aumento de la violencia, debilitamiento del sentido moral, vulgaridad en las relaciones sociales y creciente olvido de Dios», recriminó Ratzinger.
Alocución en español
Tan claro era el tema principal de esta primera gran homilía pública que el Santo Padre eligió acabar su alocución en español. En este idioma respaldó tácitamente los esfuerzos de muchas parroquias de Estados Unidos, que se han convertido en santuario de los inmigrantes indocumentados que buscaron refugio en ellas para no ser expulsados del país. La decisión de muchas parroquias de oficiar misas en español y organizar programas de acogida a los emigrantes les ha costado la enemistad con otros fieles, pero ayer recibió el aplauso de su máximo líder.
«La Iglesia de EE UU, acogiendo en su seno a tantos de sus hijos emigrantes, ha ido creciendo gracias también a la vitalidad del testimonio de fe de los fieles de lengua española», recordó. Y para ellos, que ayer le manifestaban su presencia con gritos de «¿viva el Papa!», un mensaje de aliento: «No se dejen vencer por el pesimismo, la inercia o los problemas».








