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Nervios y hartazgo

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Nervios y hartazgo
TENSA ESPERA. La regente de la sede del PSE, Charo, con su hija Saioa, de perfil, y su hijo Gorka.
La sede del PSE en La Peña está situada en los bajos de un edificio de once pisos. A su alrededor, hay varios bloques de casas de alturas similares: gigantes suburbanos de ladrillo visto, grandes antenas y balcones cubiertos. Es una zona populosa, uno de esos barrios que tienen vida propia, donde los vecinos se conocen y se saludan con bromas de acera a acera. Se trata también de un barrio de trabajadores, gente cuajada a la que cinco kilos de explosivo no les despoja de cierto filosofismo bien humorado. En la mañana de ayer, con el barrio lleno de policías, bomberos y periodistas, los vecinos se tomaban lo ocurrido con una mezcla de rabia y resignación. «Menuda nos han liado, ¿eh?», le decía un joven a un amigo que cogía el coche para irse a trabajar.

Vista desde la distancia que marcaba el perímetro policial, la casa del pueblo tenía un aspecto de gran fragilidad. Parecía una maqueta a la que alguien le hubiese acercado un gigantesco mechero. Los coches que estaban aparcados frente a ella habían quedado destrozados. A lo largo de la mañana, las grúas se encargaron de ellos, levantándolos por los aires, ante la incredulidad general. «Mi hijo lo está pagando todavía», comentaba una señora. Quienes tenían sus vehículos dentro del cordón policial aguardaban nerviosos a que la Ertzaintza les permitiese ver qué había sido de ellos.

El número 57 de la calle Ibaiondo corresponde a uno de los edificios que rodean la casa del pueblo. En el portal, un cartel del Ayuntamiento informa sobre el modo de dirigirse a la oficina de apoyo a las víctimas. Itziar, una vecina que vive en la mano que da al local socialista reconocía que llevaba toda la mañana tomando tilas. Le habían despertado las sirenas y el sonido de los porteros automáticos. Pensó que se trataba de un incendio, quizá un escape de gas. Hasta que escuchó las indicaciones de la Ertzaintza a través de los megáfonos, no se dio cuenta de que era una bomba. Itziar cogió a su hijo de un año en brazos y se fue al pasillo de su casa, el lugar más alejado de las ventanas. «El crío me estaba dando mala noche y andaba desvelada, por eso fui de las primeras en salir a la escalera. Yo al principio no me creía lo que estaba pasando. Era como estar en la guerra, qué se yo. Lo peor es la espera sin saber qué va a ocurrir». El estallido fue enorme. Tras él, las alarmas disparadas y una lluvia de cristales rotos.

En general, la mañana fue complicada para todos los vecinos. Cortes de tráfico y agua, gente que no podían abrir su negocio o recuperar su coche. En los corros que se improvisaban frente al cordón policial, cada cual contaba cómo vivió la explosión y cómo le había afectado. El hartazgo era evidente. «No encuentras un barrio como el que tenemos, con estos paseos y estas vistas, y mira », decía una señora. Muchos hacían referencia a la «bomba de la campa», la bomba lapa que el pasado octubre hirió de gravedad al escolta Gabriel Ginés.

En general, no se entendía por qué ETA atentaba en un barrio como La Peña. Algunos barajaban la posibilidad de que hubiese chivatos en el vecindario. «La gente está harta», observó un jubilado que salía de tomar un vino en un bar que tenía sintonizadas las noticias en el televisor. «Hasta les da igual salir hablando claro en la televisión».

La familia que regenta el bar de la casa del pueblo aguantaba frente a las ruinas de su negocio con esa mezcla de dignidad y aturdimiento que distingue a quienes siguen de pie tras haber recibido un golpe duro. Los conocidos se les acercaban y les daban ánimos. Todos preguntaban por 'Darko', el pastor alemán que estaba dentro del local cuando estalló la bomba. El perro ha perdido un oído y tiene el otro muy dañado; también está herido en un ojo. Unos minutos antes de las dos y media de la tarde, un bombero salió de la sede del PSE sosteniendo una pequeña jaula de metal en la mano. «¿El pájaro!», dijo alguien y dos jóvenes de la familia corrieron hacia el bombero. Sorprendentemente, el animal seguía vivo. «Este es un campeón», dijo un vecino. «Si no le ha dado un infarto con la explosión, ya no se muere por nada».
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