La democratización del Consejo de Seguridad es prácticamente una misión imposible, ya que requeriría del consentimiento de los países que lo integran de forma permanente -Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Rusia y China-, a los que habría que arrebatarles su poder absoluto. Ni siquiera la ampliación de los puestos rotatorios para incluir a más estados evitaría que la decisiones del mundo quedaran supeditadas a los intereses de estos cinco, que en ningún momento el Pontífice mencionó por su nombre. Voces mucho más extremistas, como la de Hugo Chávez, han dicho que la ONU no tiene más arreglo que disolverse y volver a crearse de nuevo.
Con su presencia, Benedicto XVI buscaba legitimar una organización en crisis cuyo «alto papel» cree necesario para establecer las reglas mundiales del bien común y salvaguardar la protección de la libertad.
Sutileza pontificia
Pablo VI habló de Vietnam. Juan Pablo II, en 1979, repitió sus palabras y mencionó además a Bosnia. El actual máximo representante de la cristiandad, con la sutilidad que le caracteriza, no llamó a Irak por su nombre, pero dedicó la parte más contundente de su discurso a recordar que cualquier intervención en otro país «debe hacerse con los medios jurídicos de la Carta de Naciones Unidas», para lo que utilizó la fuerza del imperativo inglés «must».
Fue en este mismo edificio donde en 2003 EE UU, Reino Unido y España, que entonces ocupaba uno de los asientos temporales en el Consejo de Seguridad, se cansaron de no poder convencer al mundo para intervenir en Irak y decidieron saltarse a la ONU para esa «guerra preventiva» que ha costado más de un millón de vidas. La voz de los inspectores de Naciones Unidas quedaba ahogada por la fuerza bruta.
Ayer, el Papa Ratzinger conminó al mundo a cambiar las guerras preventivas por las «negociaciones preventivas para manejar los conflictos explorando cada posible avenida diplomática, atendiendo y alentando incluso la más tenue señal de diálogo o deseo de reconciliación».
El mensaje del Santo Padre estaba en línea con el que pronunció el miércoles en la Casa Blanca, donde fue recibido con un baño de masas y una pompa que no se habían visto en Washington desde los funerales de Ronald Reagan. En contraste, la curiosidad por el obispo de Roma no desbordó ayer las calles neoyorquinas, desiertas por el tráfico cortado, y ni siquiera le recibieron más protestas que las de unos cuantos tibetanos en los aledaños de la ONU. Sólo las medidas de seguridad emulaban a las que se toman durante la Asamblea General, cuando 192 jefes de estado visitan la ciudad.
Contra las células madre
En su alocución, Benedicto XVI también rechazó implícitamente las investigaciones con células madre al advertir de que el uso de la tecnología y la ciencia «nunca debe requerir que se haga una elección entre la ciencia y la ética: más bien es una cuestión de adoptar un método científico que sea respetuoso de los imperativos éticos», dijo.
En su discurso social también defendió la apertura de la política a la religión, «que no debe limitarse al libre ejercicio de la oración» sino a una «dimensión pública» para que los creyentes tengan la oportunidad de «participar en la construcción del orden social».
A la histórica visita a la ONU le siguió otra no menos importante: la tercera que realiza un Papa a una sinagoga, donde el Pontífice intentó, durante 20 minutos, sanar las heridas que causó al revisar la traducción latina de una plegaria para incluir un llamamiento a que los judíos reconozcan la resurrección de Jesucristo. Inició su discurso exclamando «Shalom», el saludo hebreo para desear paz.
En este viaje salpicado de cifras redondas y coincidencias históricas, Benedicto XVI celebrará también hoy en Nueva York el tercer aniversario de su elección como Papa con una misa en la catedral de San Patricio, donde ayer protestaban contra él las víctimas de los abusos sexuales por haber afrontado la crisis con declaraciones cosméticas en lugar de anunciar una purga en la Iglesia.









