
«Supimos del aviso de ETA cuando una patrulla que había estado fuera del cordón vino a toda velocidad gritando por la ventanilla del coche que el artefacto iba a estallar a las seis porque lo había oído en la radio», relata Mikel M. S.. En ese momento, según su recuerdo, un grupo de personas permanecía enfrente de la bomba, al otro lado de la calle, esperando a que los agentes les pudieran llevar a un lugar seguro.
Con respecto a los fallos de formación detectados por los sindicatos, el policía recuerda que hubo incluso discusiones entre agentes que no sabían si aconsejar por megafonía a los vecinos que abriesen las ventanas y cerrasen las persianas -lo que sí se debe hacer- o que cerrasen las persianas y ventanas. «Allí había muchos patrulleros veteranos que hace más de catorce años salieron de la academia y no han recibido ni un sólo curso de reciclaje». Otra queja es que las ambulancias no acudieron hasta después de la explosión.
Mikel M.S. reconoce que no ha podido dormir desde que escuchó la detonación. «Hay imágenes que no me puedo quitar de la cabeza, como la mujer del regente de la sede socialista llorando bajo la lluvia mientras le decían que se alejase». Otro de esos momentos conduce a 'Darko', el perro pastor alemán que no pudieron rescatar del interior de la casa del pueblo antes de que la bomba estallase. «Después de la deflagración apareció de repente en la calle, entre el humo y los cascotes. El estallido abrió un boquete en una pared y pudo escapar por allí». El ertzaina recuerda cómo el perro no quería acercarse a ninguna persona y tardaron media hora en capturarlo. «Cada vez que agitaba la cabeza, la sangre de sus oídos reventados salpicaba los coches», describe con pena.









