
Bajo la rúbrica de 'Religión, ¿salud o patología humana?', García Santesmases -agnóstico confeso- y el prelado vasco hablaron durante casi dos horas sobre la fe, sus virtudes y patologías sin dar pie en ningún momento a la confrontación. La mesa redonda -convocada por las comunidades Fe y Justicia, la Asociación para la Formación de Estudios Sociales y la Facultad de Teología de Deusto- fue el marco de «dos visiones que no se contradicen», según recalcó el obispo al término del encuentro.
Posiciones encontradas
García Santesmases -autor de numerosos libros, entre ellos 'Laicismo, agnosticismo y fundamentalismo'- se centró en los puntos claves que, a su juicio, condicionan el diálogo entre el pensamiento laico y religioso. Entre ellos, señaló dos como «muy problemáticos, temas donde es imposible la convergencia». La familia y la escuela son ámbitos donde la Iglesia jerárquica «se hace fuerte y apela a la naturaleza humana, a un elemento pre-político para deslegitimar a las mayorías parlamentarias». Marginada la dimensión profética y subversiva -«que ahora ejercen los partidos políticos y sindicatos»-, las energías eclesiales se vuelcan de esa manera en «la recatolización del mundo de lo privado». Y es ahí donde el conflicto se agudiza, porque desde el laicismo liberal también se cargan las tintas en esas dos áreas. «En una sociedad donde el debate de los sistemas socioeconómicos lleva al pensamiento único, se opina que es ahí donde hay que mostrar la identidad de un proyecto de izquierda».
Por contra, los campos donde se podría impulsar el diálogo -«incluso con la Iglesia jerárquica»- se mantienen vírgenes, no hay visos de acercamiento «a pesar de las coincidencias». Estos ámbitos son «el modelo social, la identidad nacional y la política internacional». García Santesmases encuentra «criterios comunes» -como la defensa del más débil- que podrían servir de guía «en un mundo globalizado donde la gente busca una identidad, raíces que respondan a sentimientos y no se agoten en la razón». El capitalismo exacerbado, la confrontación entre el nacionalismo etnicista y españolista, así como la necesidad de «encontrar una opción entre el fundamentalismo estadounidense y el islámico», podrían estimular, en su opinión, la aproximación entre las instancias religiosas y laicas.
Desde la Iglesia, el obispo de San Sebastián admitió que «se han dado pasos notables pero incompletos en los últimos 35 años». Una trayectoria que puede sufrir, no obstante, un cambio de sentido. «Caben progresos pero también regresiones, no basta con purificar ideas, también hay que corregir actitudes y comportamientos colectivos, estructuras y mecanismos de funcionamiento, además de la posición de sus responsables ante la sociedad y su propia comunidad». En esa línea de autocrítica, también admitió -desde la óptica que le da su formación de psicólogo- que «no hay experiencia humana químicamente pura, tampoco la religiosa; siempre hay granos de psicopatologías incrustadas, ya sean inclinaciones hacia el narcisismo, mecanismos de compensación o ritualizaciones exageradas».
Pese a todo, el religioso vizcaíno está convencido de que la vivencia «auténtica» de la fe siempre es fuente de salud, «no reduce al infantilismo, no recluye a Dios en la lejanía de las estrellas, no consiste en sentirse bien bajo la propia piel, sino en comprometerse éticamente, en llevar una vida de servicio ». Y como ejemplo que reforzara su postura, no dudó en hacer suyas las palabras de José Antonio Pagola, director del Instituto de Teología y Pastoral de la diócesis de San Sebastián, que ha sufrido la descalificación de su libro 'Jesús, aproximación histórica' «por presentar un Jesús distinto al de la Iglesia», según denunciaron Demetrio Fernández, obispo de Tarazona, y José Rico, director del Secretariado de la Comisión para la Doctrina de la Fe. De ahí que, parafraseando a Pagola, concluyó Uriarte que «una religión saludable lleva del resentimiento al amor, del aislamiento a la comunión, del egoísmo a la gratuidad, de la apatía a la compasión, del rechazo a la autoestima ».







