
A decir verdad, no ha sido el presidente de EA para nada original ni en el uso del nombre ni en la manifestación del desprecio. También Xabier Arzalluz se refirió, hacia el final de su carrera, al mismo período con análoga denominación e idéntico sentimiento. «La de Ardanza -vino a declarar- fue una época de estancamiento, que no queremos repetir». Pensaba, claro está, el líder jeltzale en la escasa cosecha de frutos soberanistas que, según él, su partido habría recogido durante el mandato de aquel lehendakari. Y el propio Juan José Ibarretxe, sucesor en este último cargo, ha dejado entrever en múltiples ocasiones que el de Ardanza es ese «pasado» del que afirma querer huir como de la peste. La «era Ardanza» parece así haberse convertido, para el soberanismo hoy imperante en amplios sectores del nacionalismo, en uno de esos períodos negros que todo país atraviesa en su historia y cuyo recuerdo desea borrar de su memoria colectiva.
Basta, sin embargo, con pulsar el sentir común de la gente, sin recurrir siquiera a sofisticados sondeos de opinión, para constatar en cuán gran medida contrasta todo este desprecio acumulado en las filas soberanistas con el notable aprecio que la ciudadanía alberga hacia el mismo período. Más aún. No es en absoluto descabellado anticipar que el juicio que la historia emita sobre esos años sancionará como acertado este parecer de la gente común y condenará por sectaria aquella valoración de los citados líderes nacionalistas. Ya hoy, sin esperar a la sedimentación que requiere el juicio histórico, se ha consolidado en la sociedad un consenso que no se atrevería a negarle a la «era Ardanza» al menos tres logros que le parecen, desde la corta perspectiva de que dispone, de capital importancia.
El primero de ellos es, sin duda, la estabilidad institucional. Sólidas mayorías parlamentarias sostuvieron a todos aquellos gobiernos y les permitieron funcionar sin sobresaltos y transmitir a la ciudadanía una sensación de enorme seguridad. La gente sabía a qué atenerse. Se produjeron leyes importantes y los presupuestos anuales se aprobaron sin tener que recurrir a triquiñuelas reglamentarias o confiar en ausencias imprevistas. Fueron, en fin, gobiernos predecibles. Lo menos que cualquier gobierno debe garantizar, pero, precisamente por ello, lo que más añora la sociedad vasca actual.
El segundo logro consiste en el entendimiento entre diferentes que aquella etapa supuso y fomentó. No es que se hiciera de la necesidad virtud, sino que se supo transformar en virtud lo que nació de la necesidad. La pluralidad de la sociedad se convirtió en auténtico pluralismo político. El diálogo y el acuerdo entre las diversas sensibilidades nacionales que coexisten en el país tomaron cuerpo real y operativo en las instituciones. No dejaron de sentirse en éstas las tensiones, pero se evitó, al menos, que se trasladaran a la sociedad en forma de abierta confrontación. Comenzó a hacerse explícito un nuevo discurso político que fomentaba entre los ciudadanos un sentimiento de nacionalidad compartida y de pertenencia común.
El tercer logro ha de situarse en el diagnóstico, también común y compartido, que se hizo de la naturaleza del terrorismo a través del Acuerdo de Ajuria Enea. La definición de aquél como fruto del fanatismo y del totalitarismo, y no cómo expresión de un conflicto político irresuelto, fue el punto de partida para diseñar y desarrollar una estrategia democrática que superó las endémicas divisiones que hasta entonces se daban entre nacionalistas y no nacionalistas.
Estos son precisamente los logros que han quedado arruinados, uno tras otro, por la actitud de quienes desprecian lo que ellos mismos llaman «era Ardanza». Frente a ellos han erigido una nueva estrategia de acumulación de fuerzas abertzales, de enfrentamiento entre las diferentes sensibilidades nacionales y de confusión ante el terrorismo que la sociedad entiende como una vuelta -ésta sí- a un pasado más remoto que el de Ardanza y del que creía haberse liberado.







