
'VÍCTIMAS-BIKTIMAK'
Las imágenes se suceden, como disparos en la memoria, en un monitor 'LG' instalado en el pasillo de la primera planta del Parlamento vasco, en Vitoria. Forman parte de la exposición 'Víctimas/Biktimak'. El impacto de las escenas es brutal, arrasador... No hay alma que aguante tanto dolor concentrado, tanta evidencia de sufrimiento. Frente al monitor hay cinco sillas. Están desalineadas, como si quienes se han sentado en ellas se hubieran revuelto, incómodos, desazonados, hundidos... ¿Cómo hemos podido olvidar?
A la izquierda, en otro monitor, hablan familiares de asesinados. Consuelo Fenollar. Madre de Gregorio Ordóñez. «Me encontré muy sola... Nadie se acordó de la madre de Gregorio. Es como si Gregorio no tuviera madre. Me han dejado con una pena que te cuesta vivir».
Ramón Muiños Fernández
Entierro en Baleira, una aldea de Lugo, perdida en un costado de la carretera que lleva a Fonsagrada. La fotografía está fechada el 17 de octubre de 1978. Unos compañeros de Muiños, policías nacionales también, introducen su féretro en el minúsculo cementerio. Uno sostiene la bandera y la gorra de plato bajo el brazo. Al fondo se ve una humilde palloza de madera de castaño y techo de brezo. En el centro de la escena está la madre. Tiene las manos unidas en el pecho, como si quisiera sujetar el corazón desbocado. Viste de un luto que le durará siempre; el pañuelo, nuevo y negro, anudado bajo la barbilla. La falda, la chaqueta, las medias. Todo es negro. Las comadres la abrazan en el trance, en una coreografía tan vieja como el mundo, como en una pintura de El Greco. Algunos hombres patilludos, peinados al agua, bajan la cabeza ante el llanto. Otros hombres usan gafas negras y corbatas. Se nota que han venido de fuera. La maleza rodea un muro de piedras. «Las fotografías de las crueldades y las injusticias terribles que afligen a la mayoría de las personas en el mundo parecen decirnos (...) que deberíamos sublevarnos, que deberíamos desear que algo se hiciera para evitar esos horrores». (Susan Sontag)
Luis Delgado Villalonga
Hay dos fotos del niño Luis Delgado, asesinado con dos años y medio en un atentado con coche bomba contra la Dirección General de la Guardia Civil en Madrid el 22 de noviembre de 1988. La primera fue tomada en el cementerio de Torrelodones. Hay 22 personas situadas en el cuadro. El enterrador, como ajeno o incrédulo ante la tarea que le corresponde, mira hacia otro lado. El sol tibio de noviembre ilumina una hilera de tumbas. A la derecha, sostenido sobre dos listones de madera, está el ataúd de madera clara. Debajo, armado a todo correr, se ve un rectángulo de ladrillos sobre el agujero de la tumba. Hay un montón de arena y un cubo de caucho donde el sepulturero ha hundido su paleta de albañil.
Los asistentes varones usan abrigos 'loden'. Un abuelo hace visera con la mano, cegado. Se ve un ramo de margaritas blancas envueltas en celofán. El niño murió el 23 de noviembre en un atentado en el que también falleció el técnico de TVE Jaime Bilbao.
La otra fotografía, recuerda Izaskun Bilbao, presidenta del Parlamento, le fue entregada en mano por Mercedes, la madre del pequeño, herida también por la bomba. La había tomado una semana antes en un campo de Mallorca, bajo un cielo de nubes. Uno intuye sombras de nísperos o sabinas a lo lejos. El chiquillo es muy, muy rubio, con el pelo cortado a flequillo. Viste peto y un jersey oscuro sobre el que asoman los cuellos redondos de una camisita. Agarra dos objetos redondos que le llenan las manos. Luis Delgado sonríe plantado en mitad de la tierra mallorquina, ignorante de un futuro que ya le habían decidido los asesinos.
Las alianzas de Fernando y Naty
En la entrada al Parlamento vasco, tras pasar la escultura de terracota de Cristina Iglesias, hay tres urnas. En una asoman recuerdos personales del senador del PSOE Enrique Casas (como las citas de su agenda personal el día 23 de febrero de 1984, cuando le asesinaron). Otra, la que corresponde al parlamentario Gregorio Ordóñez, está vacía por deseo de la familia. En la tercera, dedicada a la memoria del socialista Fernando Buesa, se resume una vida. Hay una foto en blanco y negro con su hija Marta, los dos sentados en un banco de una plazuela vitoriana sin nombre. El césped tiene la misma apariencia del lugar donde le mataron. Se ve una DKW, una furgoneta Siata blanca, un caminante de espaldas... Fernando no tiene barba. Viste cazadora de cuero y sostiene en brazos a una amorosa niña de bucles morenos que acerca sus labios a la cabeza del padre. Son felices.
Hay también en la urna dos copas del convite de boda entre Fernando y Naty: son moradas, con una leyenda y una fecha en letras de plata. Con ellas brindaba el matrimonio cada aniversario. Al lado, están las dos alianzas. Naty ha mandado al joyero que las funda. Ahora están unidas, una dentro de otra, inseparables.
Esas caras conocidas
Siete pantallas luminosas arrojan los nombres de las víctimas sobre la penumbra de la pared. Todos suenan vagamente familiares: Rico Pasarín, Modesto; Olivo Esparza, Modesto; Doral Trabadelo, Ramón; Beti Montesinos, Vicente; Achurra Cianca, Luis Alfredo; Ballarín Callaza, José Ignacio; Díez Elorza, Jorge; Buesa Blanco, Fernando; Indiano Arzaustre, Manuel; Escudero García, Jesús; Jáuregui Apalategui, Juan María; Duque Durán, Maudilia; Rey Martínez, María Ángeles... El listado se hace insoportable. Andaluces, gallegos, extremeños, castellanos, vascos...
A los pies de estos leds (como se conoce en el mundo del arte a los paneles de luz roja) descansa la escultura. 'Víctima', dorado al agua sobre bronce, es su nombre. La pieza remeda a un muerto cubierto por una moderna manta térmica. La figura que se acurruca debajo debe ser menuda, piensa el visitante que la mide con sus pasos. Le cuentan que hay personas que han intentado mirar debajo.
En su paseo (que puede ser el de cualquiera) tropieza con caras conocidas. Entre los testigos que se arremolinan en un atentado cometido en el barrio vitoriano de Adurza aparece el hermano de un amigo, la cara de un camarero con su hijo en brazos, el rostro bigotudo de un policía, levemente familiar también en la provinciana ciudad. Y luego está el velatorio de José María Portell (redactor jefe de 'La Gaceta del Norte' y director de 'Hoja del lunes' de Bilbao), asesinado a tiros por ETA en junio de 1978. Hay una niña sentada. Es alta, espigada, morena, vestida con zapatos negros y medias blancas. Mira a la cámara, sorprendida. Es Miriam. Y a su lado, junto a la madre digna, esa niña rubita es... ¿Susana! (que hoy paseará por la playa con su hijo, un hijo que nunca pudo conocer los ojos y los recuerdos de su abuelo). Pero jamás hemos hablado de ello.
También esos rostros que uno encuentra como si ojeara un libro familiar mucho tiempo olvidado. Los cuatro hijos de Manuel Zamarreño (concejal del PP asesinado 20 años después que Portell, en Rentería). ¿Se acuerdan de Zamarreño? ¿De su barba de pastor? ¿De su calva? ¿De sus ojos sorprendidos ante la tremenda tarea que se le venía encima? ¿De su cuerpo tendido (cubierto por una manta térmica idéntica a la de la exposición) junto a la motocicleta trampa que usaron los asesinos? Alguien escribió «matar a un hombre es matar todo lo que es y todo lo que podía haber sido».
Ahora la vista salta al grupo de siete ertzainas que carga el féretro que contiene los restos de Carlos Díaz Arcocha. Allí también encuentra caras conocidas. ¿Qué jóvenes estos veteranos! Los ve caminando sobre el incómodo empedrado del cementerio de Polloe, haciendo equilibrios sobre las piedras humedecidas por la lluvia y el frío de marzo. A su lado, embutido en su eterna gabardina beige, camina uno de los hermanos Lauzurica, de la funeraria vitoriana, el pelo blanco, el rostro anguloso...
Los testigos de hoy
Jueves al mediodía. Sólo hay un visitante. Se llama Humberto Vargas y tiene aspecto de boxeador con su bigote, su pelo a cepillo y sus cejas despobladas. Ha sido cobrador del frac y ahora es pastor misionero de la Iglesia Pentecostal Unida. Predica en Calahorra. «Mire. Aquí lo dice bien claro: vidas robadas. Eso es... En mi corazón está no olvidar tantas vidas robadas», dice.
Por la tarde, en un grupo de cuatro señoras, el reportero se encuentra con Mercedes Lázaro, hermana -«y muy orgullosa», clama- del asesinado jefe de la Policía Municipal de Vitoria. Anotan que en toda la muestra sólo sale una pistola y que las siglas ETA apenas aparecen... Se paran ante la foto terrible del hombre que se arroja al vacío, desesperado, en el incendio del Hotel Corona de Aragón. Han visto y sufrido mucho. Pero esa escena acaba con su paciencia. Levantan la voz.
«Esta exposición es algo que las instituciones debíamos a las víctimas y que las víctimas esperaban. Todo este trabajo de identificar a las víctimas, de conseguir su autorización y consentimiento, ha hecho aflorar muchas emociones», resume Izaskun Bilbao.
Las siete barras luminosas escupen sin cesar los nombres de los asesinados (¿cuántos? ¿817? ¿y los muertos en vida...?) El visitante, al salir, espera encontrar que el mundo ha cambiado. No.







