El testimonio pertenece a la que fuera primera ministra de la democracia, Soledad Becerril, de UCD, y aparece recogido en el libro 'Yo fui ministra' (Plaza & Janés, 2007), de Cristina Larraondo. Becerril juró su cargo en 1981. Tenía dos hijos de ocho y seis años y por aquellos años no se hablaba en España de conciliación. Ninguna mujer había ocupado un puesto semejante desde que Federica Montseny se sentó en el Consejo de Ministros de uno de los gobiernos de la Segunda República, 1936, como titular de Sanidad y Asistencia Social.
Dirigir un ministerio, conciliar familia y trabajo y afrontar el reto de convertirse en pioneras en el ámbito político tampoco fue tarea fácil para otras mujeres con cargo en los distintos Ejecutivos. Como para Isabel Tocino (PP), madre de seis hijos -siete, le gusta decir a ella, aunque una de sus pequeñas murió ahogada en una piscina cuando tenía dos años-, a quien, para colmo, le tocó inaugurar la cartera de Medio Ambiente en la legislatura que comenzaba en 1996. «En mi caso tengo que agradecerle a mi marido su apoyo incondicional y su generosidad sin límites, que me han permitido mantener una actividad política y profesional intensa. Él no se ha quejado y ha aceptado la situación, incluso sin haber sido educado para ayudar, con el paso del tiempo ha ido arrimando el hombro», revela en 'Yo fui ministra'. Tocino es en la actualidad consejera externa independiente del Banco Santander.
Está el caso de Rosa Conde, que fue, durante cinco años, la portavoz del Gobierno de Felipe González. Conde llegaba a las nueve y media de la mañana a su despacho de La Moncloa. Para esa hora, ya se había leído la Prensa del día y había participado en alguna de las tertulias radiofónicas. ¿Cómo conciliaba ese horario con dos hijos de 16 y 8 años? Su marido asumió las tareas de casa, desde ir a la compra hasta hacer la comida. Durante el mandato de Rosa Conde se aprobó en el Congreso la cuota del 25% que sería la antesala de la visibilidad de las mujeres y de la democracia paritaria.
Esperanza Aguirre, ministra de Educación, Cultura y Deporte entre 1996 y 1999, piensa que «no sólo en política, sino en toda la sociedad, sigue existiendo un clarísimo residuo machista. A los hombres hay dos cosas por las que nunca les preguntan: ni por su vestimenta ni por cómo concilian». También Carmen Alborch (en Cultura, de 1993 a 1996) se hartó de justificar su estilo: «Me daba una rabia tremenda que, después de haber preparado un trabajo durante muchos días, algunos comentarios sobre mi comparecencia se quedasen en mi imagen», confiesa la que fuera una de las primeras decanas de España.







