
Los promotores de la urbanización han incluido en el diseño de las fachadas un muro-cortina de vidrio que se eleva a partir del duodécimo piso en cada una de las torres hasta llegar a los 82 metros de altura. La complejidad del lavado de cara de toda esta zona ha obligado a sus constructores a buscar un sistema que elimine riesgos y, por supuesto, costes. Las técnicas habituales utilizadas para este tipo de limpieza, según las empresas del sector, pasan por diferentes alternativas como las plataformas elevadoras, operarios que se descuelgan por la propia pared o grúas con canastilla, las populares 'góndolas'.
Vizcaína de Edificaciones, promotora de la operación, se ha decantado por esta última técnica para los edificios y en cada uno de ellos ha colocado dos, que, apoyadas en unos raíles, se trasladan por todo el perímetro de la torre y de arriba abajo. «Teníamos la alternativa de los alpinistas que ayudados con arneses se descuelgan por las fachadas; pero desechamos esta idea tras considerar el peligro que supone para estas personas trabajar a esta altura y porque la limpieza se realiza de forma mucho más lenta», explica el gerente, Juan Luis Pereira. El lavado de cara a esta torre ha supuesto una inversión cercana a los 9.000 euros.
«Sentí un algo»
«Había trabajado en andamios, pero nunca tan alto», comenta Miguel Bote Arroyo, quien junto a un grupo de compañeros se ha desplazado durante cerca de noventa días hasta las azoteas de las torres. «Al principio, sentí un algo en el estómago, pero como estabas a lo que estabas: pues nada, a limpiar, y sin mirar abajo».
Este operario de 41 años aceptó el reto. Pero no todos son capaces. «Cuando nos encargaron desde Vizcaína de Edificaciones la limpieza de fin de obra de toda la fachada de la torre tuvimos problemas para poder conformar las cuadrillas», recuerda Begoña Martínez, gerente de Limpiezas Basagarbi, de Basauri. «Lo primero que tienes que hacer es ver la gente de que dispones, y no todo el mundo se anima. Es una labor dura y hay que trabajar rápido y bien».
Las empresas de limpieza coinciden al asegurar que los trabajos de fin de obra «no son precisamente los mejores». Además, al lavado de las fachadas de Isozaki se añadía el handicap de la altura. «Enviamos primero a los trabajadores a que vieran las torres antes de empezar, porque si padeces de vértigo lo tienes muy mal. Una media docena de operarios se echaron atrás, pero conseguimos hacer un buen equipo», explica Begoña.
Miguel Bote y sus compañeros, tardaron casi tres meses en limpiar los miles de pequeños cristales. «La mejor herramienta: agua, 'mistol', porque no contiene siliconas, y una cuchilla para retirar los pegotes de hormigón», afirma convencido.
Este trabajo ofrece a los 'valientes' la posibilidad de disfrutar de un paisaje «impresionante», según describe Bote. «Gorbea nevado, San Mamés, el puerto... casi hasta el mar. Soy de aquí, de toda la vida, y nunca había visto una cosa igual. ¿Mejor que de Artxanda!», exclama. Un paisaje que se disfruta cuando la naturaleza está a favor y las circunstancias lo permiten. «Si llueve, no hay problema. Te pones un chubasquero y ya está. Lo peor es el viento», asegura.
Dispositivo de alarma
Cuando las rachas irrumpen en el horizonte, el responsable de riesgos laborales de la promotora obliga a los trabajadores a abandonar la 'góndola'. Un dispositivo especial, instalado en la grúa de la segunda torre, hace saltar la alarma si el viento supera los 45 kilómetros por hora, «lo que hace que el trabajo se retrase al tener que abandonar obligatoriamente el exterior del edificio. Y sólo en bajar y subir tardas ya veinte minutos», lamenta Miguel.
Isozaki Atea está a punto de terminar. Las obras estarán concluidas para mediados de junio y los pisos se entregarán en su totalidad en julio, aunque algunas familias ya viven allí. Se ha convertido en todo un emblema de la ciudad con sus 334 viviendas, a las que se accede por siete portales, 670 plazas de garaje repartidas en cuatro plantas y tres ascensores exteriores que permitirán superar el desnivel existente entre el paseo de Uribitarte y Mazarredo. Miguel espera ver acabada ya la segunda torre para volver a las alturas. «Me ha picado. Por lo menos, aquí hay aire limpio y dispones de una excelente tribuna para ver todo el jaleo que hay ahí abajo».







