
Cientos de personas asistieron atónitas al espectáculo. La fuga parecía imposible. Los brazos cruzados sobre el pecho y bien amarrados a la espalda gracias a la prenda de lana dura y cuero. Cinco hebillas traseras y dos correas fijadas a las piernas impedían que la funda se soltase. Tenía apenas cinco minutos para salvar la vida, y perdió uno mientras la grúa le izaba hasta los 22 metros de altura. Pero la magia se apoderó del recinto y, con una habilidad pasmosa, Ismael consiguió liberar un brazo y luego el otro. Apenas unos segundos después de ponerse a salvo, la cuerda caía estrepitosamente al suelo. Calcinada.
«Porque sabemos que se gana la vida así y siempre sale bien que si no, esto es para matarse», susurraba todavía emocionada Itziar al resto de su cuadrilla. El artista, mago de vocación familiar que debutó en el mundo del espectáculo a los nueve años, reconocía que, por mucho que no haya red de protección, la seguridad es un elemento primordial en el número. Aunque eso no le evita pasarlas «canutas». De hecho, no se prodiga mucho y, en ocho años, apenas lo ha repetido unas veinte veces. «El día anterior nunca duermo y cuando estoy colgado me juramento para no volverlo a hacer nunca, pero bueno...», confesó.
El truco tiene mucho de habilidad física. «Es necesaria una gran disponibilidad atlética porque ponemos el cuerpo en una situación límite». Más de una vez ha salido magullado, con lesiones cervicales y dorsales. La guinda la pone el elemento mágico que, cómo es lógico, se reserva para él. «Somos artesanos de lo imposible y, con los actuales avances a nivel de efectos especiales, la magia tiene que ser cada vez más efectiva y arriesgada», subrayó.





