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Nueve
22.04.08 -

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Nueve es el número exacto de ministras ahora. Lo que no es exactamente riguroso es que alguna de las nuevas altos cargos del Gobierno coincidan en como las presentan comentarios que ruedan por ahí, una rumorología displicente, análisis condescendientes de sus cualidades en plan perdonavidas, dimes y diretes que van de boca en boca como la Dolores de la copla: o a una ministra se la retrata como bisoña, cual una primeriza inexperta, o de otra se cuestiona su valía según para qué sector ministerial, porque a ver cómo una titular de Urbanismo pasa a dirigir la política de Defensa, algo por lo demás en absoluto singular según podemos recordar. En el barajar las cartas marcadas para repartir carteras en los bailes ministeriales ha sido habitual saltar una misma persona de un ministerio a otro en materias dispares.

La gente de a pie y con coche ha visto cómo un ministro valía tanto para un roto como para un descosido. Lo que le echaran, según la opinión del vulgo. Claro que si es una mujer la que pasa revista a las tropas hay que aguantar que las faldas y pantalones de colores en la Moncloa se conviertan además en simplón y expansivo chiste cuartelero o en materia prima exultante para las revistas del colorín. Primando el matiz exótico sobre el felizmente insólito. Ya se sabe que hay matices estrictamente de estrategia política; puro marketing de captación de votos semeja ese competir partidista en ser los que más en cantidad de ilustrísimas señoras doñas que sentar en el Gabinete. Pues albricias y en buena hora.

Bienvenido sea pasar de ser mal llamadas 'amas de casa' a mandar de verdad. Por algo será, y más si va quedando bien sentado que los bancos azules no son patrimonio de los culos varoniles. Hay que acertar a otear por dónde soplan los nuevos vientos. Observar a las chicas, fijarse en las hijas, en las madres, en las que se aceptan solas, en las viejas que resisten viudas. En las trabajadoras que habrán de resistir aún mucho la mayoría, pues no ha habido más remedio que empezar a ser iguales a los hombres desde arriba con la confianza de que al hacerse visible la mujer en la cima se genere hacia abajo la necesaria social empatía.
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