El día suele empezar con una alarma. Es recomendable que no sea estridente; despertarse con un taladro que alcanza el cerebro a través del nervio auditivo es malo para la salud. Luego, el desayuno se puede acompañar con música o con informativos, que son droga más dura que las anfetaminas. Quien esto escribe suele optar por lo segundo, un verdadero tratamiento de choque, inmersión súbita en lo real-colectivo. Pero hoy ha habido una modificación en la secuencia matinal. El dial de la radio no estaba en una de esas cadenas que sirven noticias, tertulias, artículos de opinión y, en algunos casos, veneno para el café. Al encenderla, me ha alcanzado por sorpresa la música de Ludwig August Lebrun, al que una, en su ignorancia, ha confundido con Mozart. Y la verdad es que, desde esa perfección y esa armonía de la música clásica, lo que ha venido después (las noticias y las palabras del día) ha sido más duro, fantástico y traumático. Así se explica que Urkullu hablando del destino de un pueblo, o de un pueblo y un destino, o de un pueblo que elige su destino, haya logrado que mi pobre cerebro activara ciertos circuitos neuronales por los que han aparecido inmediatamente la música de Wagner, los gloriosos estandartes con lauburus, perdón, con esvásticas, y un hipnótico desfilar de antorchas en la noche. Las palabras de Miren Legorburu, concejala de ANV en Hondarribia, no es que tengan afinidades fantásticas, tonalidades de evocación, como las de Urkullu. No, las palabras de Legorburu conducen directamente al delirio. Suele pasar con el discurso de 'este mundo', que se distingue de los demás (de los demás mundos y de las demás gentes) por el hecho, entre otros hechos, de que ellos ven una 'rebelión del pueblo vasco' donde nosotros vemos a un grupo que mata, extorsiona, roba y pone bombas para usar, manipular, chantajear a los demás e imponerse a ellos. En su afán de no dejarse influir por la violencia, los concejales de Ezker Batua en Mondragón han decidido hacer como si no existiera, como si Isaías Carrasco estuviera vivo y no estallaran las casas del pueblo. Con este método tan lúcido lo que se consigue es tener una representación de la violencia en los parlamentos, en los ayuntamientos, en los gobiernos que deberían servir para que la política ocupara el lugar de la guerra. Como ha dicho Fernando Savater, «Uno no puede estar dentro de un consistorio democrático jugando al debate político incruento y a la vez fuera, apoyando la guerra civil más o menos 'light' que elimina a los mismos adversarios que día tras día se sientan cándidamente a nuestro lado». ¿O sí puede? La realidad, incluso nuestra pequeña parcela de realidad en este pequeño rincón de la península Ibérica, es fantástica, fea y feroz. Una música amarga.