Ante una sospecha, los hospitales practican a los recién nacidos el llamado test del sudor, que permite diagnosticar la enfermedad con una «fiabilidad extraordinaria, de casi el 100%», explica el pediatra Carlos Vázquez.
Los médicos buscan luego otros síntomas, como infecciones respiratorias, toses prolongadas, deposiciones muy voluminosas y malolientes y peso bajo, que cuesta subir. Además de la medicación, las «piedras angulares» del tratamiento son la fisioterapia respiratoria y la atención por parte de «un equipo médico experimentado». La patología puede confundirse con otras, como la tuberculosis.







