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24.04.08 -

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JESÚS FERRERO
Mientras veía la última película de Manuel Gutiérrez Aragón, 'Todos somos invitados', y en especial las escenas en la sociedad gastronómica, iba recordando lo que me sucedió personalmente hace once años, no en Euskadi, sino en la Universidad Complutense de Madrid. Prueba a mi juicio de que lo que aquí sucede no es efecto de una perversidad propia de la sociedad vasca, sino que responde a unas pautas perfectamente analizables en términos de psicología social y documentadas en la historia, especialmente en la del nacionalsocialismo alemán.

El episodio se inicia con la convocatoria de una conferencia de Karmelo Landa en la Facultad de Políticas, justo cuando se cumplía un año del asesinato de Francisco Tomás y Valiente. Respetuoso de la libertad de expresión, pedí al Decanato que detrás del conferenciante fuera colocado un gran lazo azul. Petición denegada: la Facultad no iba a politizar (sic) el acto. Pero al fin éste fue prohibido por el Rectorado y los estudiantes filo-abertzales, encuadrados en un grupo universitario de Izquierda Unida (EB de Arrasate no es cosa nueva), colgaron un gran cartel de protesta llamando asesinos a socialistas y a populares. Como el Decanato se inhibía otra vez, colaboré con los estudiantes de la agrupación mayoritaria, socialdemócrata, en retirarlo por no ir firmado (en mi Facultad todo cartel con firma era sagrado). Al día siguiente, uno de los estudiantes de la agrupación, que si no recuerdo mal se cobijaba bajo el nombre del Che Guevara, y que tenía excelentes relaciones con la izquierda abertzale, escribió un pasquín anónimo con una amenaza de muerte contra mí por 'zipaio', verosímilmente aplicando una decisión colectiva. Como tengo una excelente memoria en este terreno, reconocí la 't' y la 'e' singulares, y después de una semana de trabajo de revisión de exámenes identifiqué al autor, quien finalmente confesó y pidió disculpas, una vez que con el informe de una grafóloga legal puesto ante las narices no le quedó otro remedio. Conservo toda la documentación del caso.

Pero la sorpresa vino de la respuesta de mis colegas ante el suceso. Desde el primer momento. Al comentarle el caso a la decana dos días después de ver el cartel, me llamó paranoico por mi intranquilidad, recordándome que los domingos por la tarde eran sagrados para su descanso. Era de izquierdas y hoy está bien situada. Sólo que el rector era conservador y otro tanto: ni siquiera me recibió, siguiendo el episodio a través de un asesor, con la única preocupación de que la Universidad no se viera implicada. En un mes, apenas cuatro profesores me expresaron su solidaridad. El Departamento de mi dirección se cuidó de dármela humana, no política. ¿Quién me mandaba ponerme a defender la democracia? Estaba solo, casi como un apestado, y en Madrid. Imagino que la mayoría se preguntaba en voz alta por las perversas razones que me habían llevado a perturbar el orden de los cementerios localizados establecido por ETA, del cual ellos aspiraban a permanecer al margen por encima de toda consideración moral y política.

Los compañeros vascos del profesor amenazado en la mesa de la gastronómica corresponden así a una reacción experimentada en otros lugares, y singularmente en los regímenes totalitarios. El primer día que ves a tu vecino judío apaleado, muestras conmiseración e incluso sientes ganas de protestar contra la barbarie. Pero como el viejo comensal que se acerca al profesor tras la amenaza de muerte proferida por el abogado abertzale, tienes ante todo en cuenta tus intereses. ¿Por qué arriesgarse a sufrir el castigo de los verdugos si es tan fácil dejar de lado a unas víctimas inermes? Nadie ha oído nada, como en esos pueblos vascos donde casi nadie proporciona datos después de un atentado mortal. Volviendo al cuento de nazis, no pasará mucho tiempo antes de que te incorpores al círculo de los verdugos, por participación o aprobación. El totalismo, totalitarismo horizontal y capilar, impone su ley. Los hombres de mano de la izquierda abertzale no han tenido problemas para lograr por intimidación una abstención masiva en los núcleos de población menores, allí donde todo el mundo se conoce y se teme. Perdón, allí donde el sentimiento patriótico es más intenso.

Creo que ésta es la mayor virtud de 'Todos somos invitados': mostrar con economía de recursos expresivos y con puntual precisión cómo en la sociedad vasca el ejercicio de la libertad de juicio puede desembocar en un aislamiento que precede a la destrucción del individuo, por muerte o por ostracismo. Las exigencias del guión proporcionan al profesor el consuelo de una ejemplar y bellísima compañera dispuesta a compartir su firmeza moral, e incluso a prolongar su actitud de lucha contra el terror. Ello es hasta cierto punto verosímil, pero tampoco cabe excluir otra posibilidad, que su compañera, no tan hermosa y agotada por la presión del medio le dijera: «¿Es cuestión tuya! ¿Si tienes miedo, no escribas (o no hables)!».

Los amigos, tragones altamente especializados en olvidar todo con tal de rendir culto al buen comer, eluden la responsabilidad de ser solidarios en aras de sobrevivir como capones bien cebados, que habría dicho Pasionaria. Y mientras el profesor demócrata aguarda la aparición inevitable del criminal etarra que va a matarle, la sociedad donostiarra se entrega a la fiesta, en este caso la tamborrada del 20 de enero, indiferente ante todo cuanto ocurre. No en vano 'Egin' tituló, al día siguiente de ser asesinado Miguel Ángel Blanco, 'Y la fiesta sigue', cuando comprobó que los sanfermines no se había suspendido. Aquél que promueve una movilización contra el terror, como bien saben los amigos de Basta ya y otros grupos similares, se convierte literalmente en un aguafiestas, tratando de despertar la conciencia moral en quienes han renunciado a ella porque saben que su silencio, o el apoyo a las consignas favorecedoras del campo proetarra -la condena de la Ley de Partidos en primer plano- actúan como salvavidas eficaz.

Es más, convendrá entonces subrayar la exageración, el carácter obcecado, de tipos como Savater, que sin duda han logrado el estupendo objetivo de ver realzado su prestigio sin otro coste que estar permanentemente en peligro de ser eliminados físicamente. Lo explicó en términos generales Iñaki Gabilondo en 'La pelota vasca'. Y si además dan el salto de formar un partido para defender sus ideas, todo medio es bueno para llenarles de cieno y acreditarse como leales al orden, sea desde el nacionalismo o desde el PSOE. Resulta muy significativo que las críticas contra Rosa Díez suelen comenzar con un personal: 'A mí esta señora -cuando no la llaman bruja- nunca me cayó bien...'.

Lo que nos ha ofrecido Manuel Gutiérrez Aragón en 'Todos estamos invitados' es un espléndido retrato del espectro de mentalidades que se agitan y actúan en el interior de la sociedad vasca, con un balance tantas veces contrario a la libertad y a la defensa de la vida. Lo que está ocurriendo en Arrasate-Mondragón es buen ejemplo de ello. Después de una espera interminable, forzada por quienes desean el enfriamiento del tema, cada grupo nacionalista (más EB) va buscando las excusas para no hacer algo elemental: expulsar de la gestión del pueblo a una agrupación política inequívocamente subordinada a ETA, hasta la infamia. Aralar nos ilustra acerca de lo que habría significado su co-gobierno en Navarra. EB ya se retrató al servir de cómplice político a la alcaldesa tras el crimen. EA, en su línea, y el PNV, tras un sobresalto de dignidad por encima de Egibar, aprovecha la menor ocasión para también desmarcarse. Los comensales pueden volver tranquilos a sus ejercicios de alta cocina. ETA sabe que todos ellos desean encontrar la menor excusa para no traspasar la línea de la condena genérica de la violencia, invocar la necesidad del diálogo en aras de la paz, condenar esa nefasta Ley de Partidos que excluye de la legalidad a los instrumentos del terror, y en definitiva señalar a la banda dónde tiene que apuntar si por sí y ante sí, con muchos o pocos recursos, decide proseguir su patriótica lucha.
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