Un nivel menor de empleo reduce el volumen de las rentas que ya estaban acosadas por los mayores tipos de interés. Menos ingresos recurrentes y más gastos fijos dejan los bolsillos de los ciudadanos tan depauperados como el estómago de Carpanta. Por eso empiezan a no abrir las cartas en las que los bancos reclaman, ahora con cierta acritud, el pago de los créditos concedidos antes con tanta generosidad.
Efectivamente, esta tendencia hacia un menor consumo y una mayor morosidad no puede sorprendernos. Pero no sabemos si el descenso del 30% del primero y el aumento del 3,28% de la segunda es algo puntual y extraordinario o el principio de una saga periódica. Esa es la causa de la zozobra que nos asalta: saber que vamos mal y desconocer hasta dónde llegarán las descontroladas aguas del deterioro económico que nos aqueja.





