
La historia vinícola estadounidense ha sido muy pendulante: el auge traído por la inmigración en el siglo XIX derivó al bajón auspiciado por la Ley Seca (años 30), para irse luego recuperando con los vinos baratos y de mesa. Tras la II Guerra Mundial, se intensificó el flujo europeo y el gusto por los caldos de iniciación, cercenado en los 80 cuando se consideró el alcohol como droga. Desde los 90 la situación revertió de nuevo, y empezó a extenderse la idea del vino como bien saludable.
Hoy, las bodegas y establecimientos de venta prolifera, especialmente en las costas y en el norte; y América gasta 30.000 millones de dólares al año en vino, si bien «la venta per cápita sólo es la tercera parte de la de Reino Unido». Por otro lado, el régimen de mercado acotaba su explotación hasta ahora a un porcentaje muy escaso de productores, pero una reciente sentencia judicial permite ahora a las bodegas la libre distribución, lo que supone precios más bajos y oportunidades los importadores.
En lo social, se mantiene consolidada la visión del vino como producto saludable. El consumo se centra en jóvenes «que incluyen el vino dentro de su modo de vida», y que ven más calidad en el producto importado. El consumo es «diminuto aún», pero, según avisaron los ponentes, «el mercado va a ser muy competitivo, y será clave diferenciarse: aún hoy son pocos los que saben qué es Rioja».
Enología
La enología fue el área tratada por la mañana. A través de discursos técnicos, la investigadora de la OIV, Monika Christmann apoyó el uso de virutas en procesos de fermentación y vinos de gamas más bajas, pero lo descartó para caldos más sofisticados. María Victoria Moreno-Arribas, del CSIC, abogó por controles más estrictos que garanticen la calidad y seguridad. Por último, Hervé Alexandre repasó los procesos de oxidación de los vinos blancos, llamando a evitar la exclusión del aire en el proceso de vinificación.






