
-¿En qué consiste su proyecto?
-Tenemos dos levaduras genéticamente modificadas: una empleada para hacer una fermentación láctica que reduce la producción de glucosa o etanol. En la otra se ha introducido un gen que reduce la generación de carbamato, un potencial cancerígeno. Son aplicaciones seguras, que permiten obtener productos mejorados.
-Sin embargo, su gran caballo de batalla es social y no científico.
-Sí. El uso de estas levaduras está prohibido en Australia y Europa, y en Estados Unidos y Canadá sí se permite, pero los productores no lo usan por miedo a la reacción de los consumidores. Existe una inquietud en el público, que percibe este avance como un riesgo.
-Un debate que siempre acompaña a toda modificación genética.
-Me gustaría compararlo con la industria farmacéutica: la mayoría de las medicinas están hechas a partir de organismos modificados, igual que aquí; y nos las inyectamos sin problemas, no queremos otra cosa. La insulina se hace con organismos genéticamente modificados, y nadie quiere volver a la vieja insulina de cerdo. En cambio, cuando hablamos de comida o bebida, surge la percepción de que hay riesgo.
-¿Qué soluciones tienen?
-Como científico, trato de educar a la sociedad de que estos productos son totalmente seguros. A diario hacemos cosas mucho más arriesgadas con nuestros estilos de vida y nuestras dietas. Te puedo asegurar que el riesgo aquí es menor que con los métodos tradicionales: ahora sabemos lo que estamos haciendo.






