Según ponía de manifiesto ayer 'The New York Times', el Partido Demócrata podría volver a replantearse la posibilidad de elegir a un afroamericano para luchar por la Casa Blanca. Pese a que el senador de Illinois cuenta con mayor número de delegados y el favor de buena parte de los norteamericanos, la derrota en Pensilvania ha dejado claro que Obama no tiene sintonía con obreros, jubilados y, en general, con el voto blanco.
La cuestión racial
Esta situación parece haber enfriado a muchos superdelegados demócratas ya preparados para coronar al senador como rival del republicano John McCain el próximo noviembre. Una vez más, los liberales ponen en duda la importancia de la raza a la hora de lograr que los ciudadanos acudan a las urnas.
Eso sí, para Hillary Clinton la situación tampoco es nada favorable, pese a las nuevas dudas dentro del partido por nominar a un afroamericano a la Casa Blanca. Dadas las circunstancias, la ex primera dama debe aferrarse a un clavo ardiendo y promete pelear con uñas y dientes por ser la primera presidenta de Estados Unidos y no tirar la toalla hasta que sus colegas la expulsen literalmente de la contienda. Además, su marido, el ex presidente Bill Clinton, ha asegurado que el problema que vive hoy en día el partido está provocado por las propias reglas demócratas, que reparten porcentualmente el número de delegados entre los participantes en las primarias. Para el ex mandatario este sistema es injusto, ya que lo lógico para evitar bloqueos como el actual sería que el ganador se llevase todos los delegados.
Ahora las miras apuntan a Carolina del Norte, un estado que desde 1988 no ha tenido la responsabilidad de decidir el destino de un precandidato electoral. Sin embargo, con Clinton y Obama echando un pulso de poder sin precedentes, el próximo 6 de mayo será, junto con Indiana, el centro de atención para determinar la próxima batalla demócrata. En estas primarias un total de 115 delegados están en juego.








