Hace ya algunos años, el Ayuntamiento de Amorebieta adoptó el acuerdo de colocar en una de las plazas del pueblo una escultura decorativa, y encargó la obra a un especialista en dicho arte. El artista la realizó, se levantó en el lugar designado y el pueblo, con ese sentido común que siempre tiene, la ha bautizado con el nombre de 'la patata'.
A mí el calificativo solanáceo (la patata, como la berenjena y el pimiento pertenece al grupo de las solanáceas) me parece muy adecuado, porque la escultura reproduce fielmente la figura de una de esas patatas que se dejan olvidadas en un cajón y con el tiempo le crecen una especie de filamentos.
Pero el Ayuntamiento decidió un día reformar la plaza, trasladando 'la patata' a otro emplazamiento y el escultor ha demandado al Consistorio por considerar que su excelsa obra merece estar donde está. Yo no discuto esta conducta del artista porque cada cual tiene sus criterios por muy extraño que parezca, pero lo cierto es que el caso ha llegado hasta los tribunales.
En la información que pude leer sobre el juicio en nuestro común periódico, el abogado del escultor dijo que «el valor de la escultura es estético y no funcional». Una frase para mí discutible, porque según el diccionario, estético significa «artístico, de aspecto bello y elegante», y para que yo me crea que esa enorme patata es un objeto artístico, bello y elegante, necesitaría nacer de nuevo con otro cerebro adaptado a las modernas normas del arte.
Lo único indiscutible es que se trata de una escultura, porque escultura es, según la RAE, el arte de esculpir figuras de bulto, y nadie podrá negar que esa enorme patata es un bulto, aunque -siempre en mi modesta opinión- tenga poco de artístico, bello o elegante.





