Dentro de este capítulo ingenioso e inagotable (aunque no sea efervescente) yo colocaría la carta de un lector que me ofrecía la solución a ese problema de física que desde siempre trae a mal traer a los inventores; lo que en términos populares se conoce como el movi- miento continuo.
El sistema que proponía este lector se basaba en un hecho de lo más peregrino y que da fe de que el cerebro humano tiene recovecos insospechados. Este buen señor había comprobado que las tijeras no pesan lo mismo abiertas que cerradas, y esto le dio pie para idear una máquina de movimiento continuo.
La máquina (supongo que en teoría) consiste en una rueda a la que se sujetan un montón de tijeras colocadas de tal forma que al estar arriba se abren y al estar abajo se cierran. Y como las tijeras abiertas, por lo visto, pesan más que cerradas, tenderían a caer haciendo así girar la rueda de forma continua sin ningún aporte de energía.
Pero descendiendo de la fantasía de las tijeras a la realidad mecánica, recuerdo que en la tienda de mi amigo Santos Alonso (que exhíbe en la fachada de su relojería de San Mamés el reloj público más bonito de Bilbao) pude ver un curioso relojito que hace realidad el movimiento continuo, porque funciona indefinidamente sin que nadie le de cuerda.
Tal como me explicó el amigo Santos, este sistema lo inventó el relojero suizo Jaeger le Coultre y, para explicarlo breve y esquemáticamente, consiste en una cápsula cerrada que contiene un gas especial. Este gas, al aumentar de volumen con el más mínimo aumento de temperatura, empuja un diafragma que a su vez transmite su impulso al péndulo giratorio. Es tan sensible este gas que con el solo cambio de un grado de temperatura puede hacer funcionar el reloj durante un mes.
Y allí estaba el relojito funcionando, desde que se construyó y para 'in secula seculorum', sin que nadie le dé cuerda. Una solución al problema del movimiento continuo, que a mí me parece más real que la de las tijeras.





