Hay que decir que la sesión transcurría por los plácidos cauces que se le exigen a un bonito jueves de primavera: una aprobación de presupuesto por aquí, un nombramiento por allá, un cese por acullá. Con el polémico plan para Zorrozaure, que el equipo de gobierno sacó adelante con el rechazo del PSE y la abstención del PP, el ambiente comenzó a caldearse un tanto. Bisbiseos ascendentes, ceños fruncidos, cierta inquietud: faltaba poco para que las sillas comenzaran a volar por el 'saloon'.
En el último tramo del pleno se discutió una moción del PP que instaba al Ayuntamiento a admitir su responsabilidad en el doble atropello mortal de Basurto. Tras una ronda inicial de intervenciones, los secundarios dieron un paso atrás y dejaron solos a los protagonistas.
En una esquina del ring, Iñaki Azkuna; en la otra, Txema Oleaga. Dos pesos pesados municipales. El socialista acusó al alcalde de haber traicionado la confianza de los ciudadanos. Azkuna exigió que no se le echasen encima «baldes de sangre». Oleaga calificó la intervención de su oponente como «la más desafortunada que le he oído nunca». El primer edil concluyó calificando al socialista como «el mayor manipulador de este Ayuntamiento».
No está nada mal, sobre todo ahora que nacionalistas y socialistas parecen llamados a entenderse. A la salida del pleno, el PSE condicionó cualquier colaboración con el PNV a que llegase una rectificación del alcalde. Ayer, Azkuna se mostró dispuesto a «retirar lo que haya que retirar» por el bien del Consistorio. Lo malo de la política municipal es que sus inquilinos se mueven en un ecosistema reducido y están condenados a verse las caras demasiado a menudo. Lo ocurrido en el Ayuntamiento demuestra una vez más que el refranero es sólo una polvorienta fábrica de inexactitudes. Ya lo ven, en la vida real, el roce no hace el cariño: sólo provoca heridas.





