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Érase una vez...
27.04.08 -

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A la derecha se le exige un espíritu práctico, mientras que de la izquierda se espera ilusión. Por eso es más fácil disculpar a la primera e imposible aceptar el fracaso de la segunda. No hay peor desengaño que el de los sueños.

'Once upon a time' (Érase una vez) en Reino Unido que vivían unos ciudadanos rabiosos, porque estaban hartos. Habían votado por un prestidigitador, Tony Blair, que se pasó un pueblo con sus trucos y sacó de la chistera una guerra, combatió junto a un alucinado y contribuyó a crear una sociedad de desencantados. Las guerras suelen dejar en los vencidos sentimientos de desengaño y melancolía.

Creó también la tercera vía para camuflar una nueva burguesía, nacida de las aspiraciones de una izquierda frustrada y secreta admiradora del cuello blanco. Pospuso para cualquier día de pasado mañana la redención de los mil pobres y ayudó a los bancos. Porque ellos (los pobres) habían dejado, insolentes, de pagar sus hipotecas; ahondó el abismo entre clases y llenó Londres de Lamborghinis, Mercedes, Ferraris, y musulmanes.

El laborismo se convirtió así al pragmatismo, cambió la flauta de Hamelín por la vara de pastor y los sueños por un sentido práctico y autoritario. Y su olor a pobre por el 'glamour' de los poderosos y la simpatía por el engaño. Y entonces ya no se le perdonaron sus errores de derecha. Pusieron en la calle a Harry Potter (Blair) y contrataron a un capataz de brujos llamado Gordon Brown, un dogo con cara de administrador de fincas, triste, muy triste, y bastante siniestro, que, como su antecesor, intentó aplacar el hambre aplicando impuestos que apretasen por igual la cintura de ricos y pobres, sin caer en que los pobres no tienen cintura como tienen culo, pero sin apenas utilidad.

Y cabreó a los electores y aterrorizó a sus correligionarios, que pusieron el grito en el cielo, porque, para entonces, se habían quedando sin clientela. Y mientras los laboristas dilapidaban su capital político, irrumpió en los 'tories' un joven aprendiz de mago, simpático y padre de familia adorable, David Cameron, que miraba hacia los pobres como un cura de cáritas diocesana y se proclama Robinson Crusoe, amante de la vida isleña, de conducción por la izquierda y de la libra y las señoras con pamela y garras de astracán. Y de las carreras de Ascot, enemigo de la uniformidad continental y de Merkel y del euro y de un Sarkozy enormemente francés y componente por ello de la náusea histórica.

Ambos acuden a las municipales frente a un elector empobrecido y malhumorado, con dos tentaciones: votar conservador, sin saber muy bien para qué, o eludir las urnas. Puedo asegurarles que en al final de este cuento nadie comerá perdices.
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