«¿Y cuánto ha costado esto?».
«Mil doscientos millones, señor ministro».
«¿Qué barbaridad! Una y no más».
Y no más fue. El tardofranquismo dio por agotada su exigua y casi inédita generosidad con las infraestructuras viarias vizcaínas exactamente allí, sobre el asfalto rendido de la primera fase de 'la Sur', que hollaban los bruñidos zapatitos de Gonzalo Fernández de la Mora.
Aquel era un tiempo de prodigios. Escribir de carreteras era un ejercicio de geografía sin brújula. 'Sur', 'Norte', 'Centro' eran referencias metageográficas que apuntaban a unas coordenadas físicas y políticas imaginarias, ocultas tras lo que verdaderamente significaban el «una y no más» y los 400.000 millones en los que la Cámara de Comercio de Bilbao cifraba el déficit de infraestructuras de la provincia. Una suma tan grande que hasta costaba escribirla. Por no hablar de creérsela.
El puente de Rontegi formaba parte de la autopista Bilbao-Santander, que el MOPU -el anterior de Obras Públicas más Urbanismo- había adjudicado en 1976 a un consorcio de bancos y cajas de ahorros cántabras y vascas. Como era la parte más difícil de toda la obra, comenzaron primero con él. Y estaban en ello cuando pasaron varias cosas. Primero, que este periódico publicó los cálculos de explotación de la futura autopista. Resultaba que prácticamente toda la rentabilidad del proyecto radicaba en los peajes que iban a cobrarse a todos los coches que circularan por las márgenes del Gran Bilbao. Porque hete aquí que el ministerio, para lograr el concurso del capital privado en la realización del ruinoso centenar de kilómetros que separan la capital cántabra de la vizcaína, había admitido que las autopistas urbanas de las márgenes del Gran Bilbao, la responsabilidad de cuya construcción le atañía exclusivamente a él, quedaran comprendidas en el proyecto, y que fueran de peaje. Una golfada. Circular por el puente saldría gratis, aunque sólo en los tránsitos intermárgenes de Basurto a Erandio y viceversa. El que viajara desde Muskiz hasta Plentzia pagaba. Claro que pagaba. En cambio, entre Torrelavega y Santander no había peaje.
Luego, y en segundo lugar, vinieron la negociación del Estatuto, el Concierto y las transferencias. Y la autopista no se hizo como estaba previsto. Pero Rontegi, él, continuó siendo construido, porque ya no era posible parar la obra. Lo terminaron pero no pudieron darle accesos hasta muchos meses después, cuando se serenaron los ánimos y el nuevo orden entró en funciones. Y así estuvo años, fastuoso, sobrevolando la Ría a 48 metros de altura. Nunca los puentes tuvieron monumento semejante.





