
Jesús Velar es el último vecino de Laguardia que ha decidido restaurar una de las que posee debajo de su bar. Con la ayuda económica de Arabarri, este hostelero ha reforzado las paredes de su bodega con hormigón y ha embaldosado las resbaladizas escaleras que comunican su negocio con una cueva de unos ocho metros de profundidad.
«La he rehabilitado porque así le damos una mayor sujeción a la pared y evitamos posibles desprendimientos. Además, resulta más cómodo bajar a la bodega al estar todo reformado», explica. Para acometer las obras, la Diputación aporta su particular grano de arena financiando el 30% del coste total. «Me paga la mitad del presupuesto, pero en esa subvención no entra ni la luz ni el embaldosado. Al final la ayuda se queda un poco mermada», lamenta Velar.
Las frías paredes de la cueva están siempre a 16 grados, una temperatura ideal para conservar el vino. Sin embargo, ahora sirven también para almacenar barricas vacías, apilar botellas y algunas cajas del bar. «Hace más de 25 años que no hacemos vino en esta bodega subterránea. Se mantienen los depósitos, pero ya no se usan. La mayoría de las más de 200 cuevas que hay en Laguardia está en desuso», asegura este empresario.
Riqueza histórica
A pesar de la riqueza histórica de estas cavas y de que Laguardia es uno de los municipios con más tirón turístico de la comarca de la Rioja Alavesa, son muy pocos los que muestran estos lugares a los visitantes. «La gente las mantiene, aunque no las enseña. Cada uno les da un uso diferente. Por ejemplo, hay muchos que las acondicionan como un lugar para organizar meriendas», añade Jesús.
Es con la llegada del verano cuando la mayoría de estos espacios cobran un especial protagonismo. Durante las fiestas patronales de San Juan y San Pedro, las típicas cavas se convierten en el lugar idóneo para que los amigos disfruten de un buen trago de zurracapote.









