
Según explicó el caldereta guipuzcoano a su compañera sentimental, Fátima, los milicianos utilizaron a la tripulación como «escudos humanos» para garantizar que no les iba a pasar nada cuando abandonasen el pesquero, propiedad de la empresa bermeana Pevasa. La fragata 'Méndez Núñez' estaba relativamente cerca -a 22 millas- y «temían que les fuese a lanzar un 'pepinazo'», explicaba el primer oficial, Ignacio Abal. La liberación fue el momento más «tenso» y «crítico» de todo el cautiverio. Los piratas estaban «nerviosos» y los marineros del atunero vasco se esperaban «lo peor». Al final, la situación se resolvió sin mayores consecuencias. «Ahora estamos seguros y tranquilos», se felicitaban.
El secuestro se produjo el domingo día 20 por la tarde, cuando un grupo de piratas asaltó el 'Playa de Bakio' con granadas y retuvo a toda la tripulación en la embarcación. Los milicianos, que llegaron a ser una veintena en distintos relevos, les tuvieron «encañonados con una metralleta» durante todo el cautiverio. «El trato de los piratas durante los primeros días fue un poco peor, pero a medida que veían que la tripulación se portaba bien nos daban mayor libertad», comentó Ángel Fernández. No obstante, el contramaestre del atunero de Bermeo recalcó que estaban «permanentemente vigilados por hombres muy organizados».
Camarotes desvalijados
De hecho, Mikel Arana, el marinero más joven de la tripulación, comentó ayer a su padre que había dos tipos de secuestradores: unos «muy preparados y armados hasta los dientes», encargados de las labores de control y vigilancia desde la cubierta; y otros que no tenían armas y convivían con ellos. «Estos últimos eran los que más les molestaban y les hacían la vida imposible, porque intentaban robarles, entraban en los camarotes y les deshacían las camas en busca de objetos de valor. Les despertaban varias veces durante la noche para pasar revista», informó José María Arana a los periodistas. El técnico de Mondragón, quien confesó que los días de cautiverio a bordo de la embarcación «fueron realmente malos, con un miedo permanente», pudo esconder algunas pertenencias como la documentación y el teléfono móvil en la sala de máquinas, pero no todos corrieron la misma suerte.
La mayoría fueron saqueados. Los piratas «arrasaron» y «desvalijaron» todos los camarotes, donde los milicianos tenían confinados a los tripulantes del 'Playa de Bakio'. «Se llevaron hasta las mantas y la ropa», explicó Candamil. Aunque en su caso, los secuestradores no tocaron sus prendas de vestir. Su indumentaria era demasiado grande para unos piratas «famélicos». «En una manga mía entraban cuatro de ellos», describía. Según el testimonio de los arrantzales, los secuestradores les dejaban moverse y no les tenían amordazados. También les daban de comer y beber a diario -«en el barco había víveres suficientes»-, pero la mayoría de los marineros apenas pudieron ingerir alimentos. «Tenía tanto miedo que no me entraba la comida. La verdad es que lo hemos pasado realmente mal. Yo he subsistido a base de café y poco más», confesaba el caldereta guipuzcoano.
A base de café
El día a día con los piratas fue muy tenso. «No se portaban muy bien. Te amenazaban y si te decían algo y no obedecías te hacían gestos de cortarte el cuello. Estábamos a su voluntad. No se podía hacer otra cosa», recordaba el primer oficial del pesquero vasco, Ignacio Abal. «Cuando nos dejaban subir a cubierta nos encañonaban con una metralleta todo el rato y como no podíamos dormir nos pasábamos todo el día leyendo», según palabras del marinero Gotzon Clemos a sus familiares.
El patrón, Amadeo Álvarez, dijo ayer a sus parientes que iban a intentar «echarse a dormir», aunque no sabía si iba a ser posible «por la tensión acumulada a lo largo de la última semana». En cualquier caso, la tripulación se encuentra en «perfecto estado de salud» después del reconocimiento médico al que fueron sometidos ayer por un facultativo de la fragata 'Méndez Núñez'. El 'Playa de Bakio' navega rumbo a las Seychelles escoltado por el «mejor y más moderno buque de guerra de la Armada española». «Ahora que sabemos que están bien, ya se nos ha quitado toda la angustia», aseguraba ayer Ainhize, hija del marinero Juan Pedro Sesma.
La vuelta de los marineros a sus hogares será, según señalaron los familiares, un momento para «reflexionar» sobre lo ocurrido y para «valorar» si alguno de ellos, «sobre todo los más próximos a la jubilación», dejarán de faenar en la zona del 'cuerno' de África.







