Saltar Menú de navegación
Hemeroteca |

null

Estás en: El Correo Digital > Local
ÁREA RECREATIVA
Historia viva
El espacio natural de Bolunburu se mantiene intacto en Zalla junto a los 94.000 metros cuadrados de polígono industrial

Cerrar Envía la noticia

Rellena los siguientes campos para enviar esta información a otras personas.

Nombre Email remitente
Para Email destinatario
Borrar    Enviar

Cerrar Rectificar la noticia

Rellene todos los campos con sus datos.

Nombre* Email*
* campo obligatorioBorrar    Enviar
Historia viva
TESORO NATURAL. Agustín Laiseka, en Bolunburu. / PEDRO URRESTI
Pegado junto al polígono industrial del Longar, que sigue devorando terreno, el último reducto de naturaleza e historia de Zalla -el área recreativa de Bolunburu- resiste al paso del tiempo. Un espacio verde bañado por el Cadagua en el que conviven, como parte del paisaje, algunos edificios emblemáticos del medievo: una casa torre del siglo XV, la ermita de Santa Ana, levantada en el XVI, y los restos de una ferrería aún más antigua . Todo ello bajo la vigilancia de unos montes sobre los que se asentó una fortaleza de la edad del hierro de la que aún se conservan parte de sus murallas.

Y es que la historia de Las Encartaciones y la de toda Vizcaya cobra vida en la zona, algo de lo que dan fe los pocos vecinos que todavía la habitan. Uno de ellos es Agustín Laiseka, un hombre de 85 años que nació y se crió entre las paredes de la casa torre de Bolunburu. «Allí habían vivido mis padres y toda mi familia, pero pertenecía a la marquesa a quien yo se la compré, hará unos 25 años», aclara. El inmueble presenta un buen estado. «Cuando la declararon patrimonio me dijeron que era la segunda mejor conservada de Vizcaya en materiales originales», presume.

Claro que el mérito de que luzca semejante traza obedece en parte a los propios elementos con que fue construida. «Entonces no existía el cemento, pero fíjate qué paredes», afirma su orgulloso dueño mientras revisa los tabiques. Las puertas lucen los originales y sencillos grabados. «No hay ni gota de carcoma», se regocija, consciente del esfuerzo que ha realizado y crítico por el escaso apoyo que ha recibido de las instituciones. «Quieren que se conserven estos edificios, pero no nos dan nada», lamenta.

Huracán en los 40

A los pies de la casa torre descansa la pequeña ermita. La leyenda cuenta que un túnel conecta ambos edificios, «para que los soldados no bajaran de la torre al descubierto», explica Laiseka, que pone fecha al templo: 1608. Aunque ahora luce un pequeño campanario, en su día su cúspide la coronó otro más lujoso. «Se vino abajo con un huracán que causó tantos daños en los años cuarenta», rememora.

Pero si la ermita le arranca una sonrisa a Agustín, la ferrería le hace brotar lágrimas. Es su rincón favorito. Allí, frente a las paredes semiderruidas, evoca su niñez. «Aquí estaba la cocina, allí la tolva y ahí dos habitaciones grandes». Su dedo recorre las ruinas dibujando sobre el aire lo que el tiempo le ha robado al edificio. Las ruinas de la forja parecen vivas aunque la vegetación ha ido recuperando terreno. «Dentro del edificio crecen los árboles que están reventando las paredes», señala Laiseka. La suya es una historia viva que espera mantener frente al futuro polígono industrial.
Opina

* campos obligatorios
Listado de comentarios
Vocento
SarenetRSS