Imaginen las campas de Armentia encharcadas. Sin un alma. Ahora, y sin perder de vista la estampa, visualicen el perímetro que las circunda plagado de romeros en fila india luchando, a paraguas batiente, para conseguir llevarse al 'buche' un talo de chorizo -cortesía de una empresa de telecomunicaciones- sin tener que echar la mano a la cartera. El resultado es un cuadro surrealista en el que las ansias de refitolear en puestos de rosquillas, de pashminas, de cremas de aloe vera, de espárragos de Tudela o de repostería cántabra son mayores que las ganas de quedarse en casa.
Vía Tuvisa o vía paseo del santo -en coche sólo se podía acceder hasta Mendizabala o Zabalgana- miles de peregrinos se apretaron en los aledaños de las campas para picar a destajo y llenar la despensa. Y es que lejos de lo que pueda parecer, la lluvia -en su justa medida, al menos- favorece las ventas en una romería como la de Armentia, «en la que la gente participa».
Rosquillas y oleas
Un ejemplo. Pese al aguacero, el cántabro Mariano Camus prefería poner ayer al mal tiempo buena cara. «Ha habido años peores. Cuando llueve, la gente no se queda parada en las campas, se mueve más por los puestos y eso es bueno para nosotros», decía tras el mostrador de su 'stand' de repostería casera. Los vallisoletanos Samuel y Félix García -padre e hijo- compartían a me-dias su opinión. Parapateados detrás del toldo que les salvó de la «bancarrota», ninguno de los dos era capaz de recordar un San Prudencio tan meón. «A nosotros nos beneficia que llueva. Pero un poco... Esto es demasiado», se quejaban, mientras al otro lado de su expositor los clientes se llevaban a puñados rosquillas, canutos y oleas. A entre 2 y 5 euros el paquete.
Como las rosquillas -anisadas, de huevo o de harina- hay quien no se pierde un solo año la romería de San Prudencio. Llueva, nieve, truene o se dispare el mercurio. «¿Y qué vas a hacer en casa? Te abrigas bien, te enfundas el chubasquero y te vienes a vivir el ambiente. Para encerrarte ya es-tán otros días. Nosotros no nos perdemos una fiesta y las vivimos a tope». A sus 68 años, Emilia y José Antonio, de 72, no se dejaron amedrentar por el tiempo.
Todo lo contrario que Ane, Ainara, Lucía, Aitor y Óscar, que ayer se comieron el bocadillo en casa. Eso sí, por la tarde, una vez que el diluvio dejó paso a una tarde gris, aunque seca, los cinco adolescentes reeditaron a pie el paseo de los tres kilómetros que, por la mañana, no se atrevieron a culminar. «Si subimos es para estar en las campas, no para comprar rosquillas». Lo mismo debieron de pensar decenas de cuadrillas de jóvenes. Y es que, con ellos, la riada humana que anegó las campas llegó a su cénit a media tarde. La hora de la verbena, de la merienda y del kalimotxo. Hasta el año que viene.










