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SAN PRUDENCIO 2008
Los más grandes
150 aprendices de cocineros y soldados plantaron cara a una tarde invernal
29.04.08 -

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Los más grandes
Una futura tamborilera, a hombros. / FOTOS: BLANCA CASTILLO
Los más pequeños de Vitoria no se quedan a la zaga de sus padres.

El cielo de la capital alavesa retumbó ayer al son del redoble de los tambores de los 150 soldados, cantineras, cocineritos y majorettes de más corta edad que pusieron al mal tiempo buena cara e invadieron el centro de la ciudad vestidos con sus trajes más o menos de época.

Poco antes de las seis de la tarde, se reunieron frente a la torre Doña Otxanda. Allí dejaron los nervios de la mañana y se enfundaron sus gorros, casacas y guantes -más útiles que nunca ante el frío reinante- con un estilo que el mismísimo Napoleón querría para sí. Tras los primeros acordes de la txaranga Ezberdinak, emprendieron la marcha hacia la plaza de la Provincia.

El batallón infantil no avanzaba sólo. Decenas de padres y abuelos caminaban junto al bullicioso ejército. La mayoría lo hacía con una cámara de fotos o de vídeo en la mano para retratar el desfile. A otros les bastaba con la «ilusión» de ver a sus hijos o nietos cumpliendo con la tradición.

«Mi nieta Irene sale por primera vez de majorette y no quiero perdérmelo por nada del mundo», decía encantada, Mari Luz de Dios. Jesús María Gónzalez intentaba coger una buena posición para sacar una foto a sus hija Laura, de 8 años. «Viene en el grupo de las casacas rojas», indicaba mientras se apresuraba a coger su cámara.

En la escalinata de la Diputación, les esperaba la diputada de Cultura, Lorena López de Lacalle, quien les dio la bienvenida. La menuda comitiva respondió, como no podía ser de otra manera, con el redoble de sus tambores. Así se escucharon una vez más los clásicos de las fiestas provinciales como 'Retreta de San Prudencio' y el 'Himno del Deportivo Alavés'.

Entre tanto, padres y abuelos no reprimían su emoción. «Mi padre fue uno de los que organizó la primera Tamborrada y mi hija Saioa continúa la tradición», afirmaba emocionada Garbiñe Urretabizkaia. A su lado, el abuelo de la niña echaba sin embargo de menos más participación. «Si saliesen de todos los colegios como hacen en Donosti, el espectáculo sería mayor», invitó.

Pasadas las seis y media, la comitiva se puso de nuevo en marcha. Al ritmo marcado por los tambores, el batallón enfiló hacia la plaza de España. Atento como un oficial de un auténtico batallón, Asier, de 11 años, dirigía a los barriles. «La mayoría me hacen caso, pero siempre hay algún despistado».
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