
El médico que recibió los cuerpos en los servicios de urgencia del hospital Kamal Adwan, de Beit Lahiya, corroboraba: fueron abatidos por un misil. Pero según ese mismo Ejército, la familia Abú Maateq fue poco menos que el blanco de un daño colateral.
Una investigación ordenada por la mañana concluía, apenas unas horas después, que la masacre era culpa de Hamás. Que en su operación, exponía un comunicado oficial emitido por las Fuerzas Armadas judías, los militares dispararon desde el aire a dos milicianos palestinos que avanzaban hacia los soldados portando a sus espaldas grandes mochilas, y que una gran detonación «secundaria» -indicativa de que el mencionado equipaje estaba cargado de «bombas y explosivos»- fue la que causó el colapso de la vivienda, y con ella la muerte de los menores que estaban dentro.
El ataque arrancaba tanto en Israel como en el lado palestino nuevas amenazas. «Seguiremos actuando contra Hamás», anunciaba el ministro de Defensa, Ehud Barak. «Nuestro brazo armado responderá con todos los medios posibles», contestaba el portavoz islamista Sami Abú Zuhti. Ambos dejando clara su decisión de no poner fin a la violencia.








